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Diario de Mallorca

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José Carlos Llop

Asalto a los cielos

Rafa Nadal. DM

He de confesar que no sabía nada del tenista Shapovalov. Mi último descubrimiento tenístico fue la británica, Emma Raducanu, nacida en Canadá de padre rumano y madre china. En su caso, el mestizaje ha dado un descarado encanto de veinteañera fina y una tenista espléndida que ganó en Wimbledon el pasado año, mientras yo no podía apartar la vista de la pantalla.

Pero no me voy de Shapovalov: la primera vez que oí su nombre, creí en mi ignorancia que era ruso: resultó canadiense. No sé si canadiense de nacimiento como Raducanu, o como el gran Michael Ignatieff –, intelectual liberal, amigo de Bruce Chatwin y descendiente de rusos–. Yo sabía de Medvédev, que sí es ruso, y sabía de Zverev, que es alemán de ascendencia rusa como la tiene Ignatieff. Tanto Medvédev como Zverev son buenos tenistas y son también el futuro cercano. Pero no se asusten que esto no es un retablo ortodoxo oriental ahora que Rusia enseña los colmillos a Europa, mostrándoselos a Ucrania. Esto va de tenis y me temo que, al fondo, de política y sociedad. O sea, de Shapovalov y las prisas de la juventud malcriada.

Lo primero que supe de él fue que después de varios triunfos tenísticos, su mayor celebración consistió en llegar excitado a casa y arrancar el poster de Rafa Nadal que tenía en su habitación. Jaleado por su compañero concluyeron entre rugidos de mandril que era su propia foto –la de Shapovalov– la que iba a colgar, por derecho propio, en el lugar que antes ocupaba la foto de Nadal. De idólatra contemporáneo a practicar la iconoclastia, un clásico en todas las materias de la humanidad. ‘Es tu momento; eres tú quien lo merece y has de estar en el lugar del campeón’… Ya saben: las tentaciones del desierto y la vanidad y la soberbia humanas cuando se alían con la ambición y me temo –con el dineral que mueve el tenis– que también con la codicia.

La cuestión no consistía en hacerse un sitio con talento, esfuerzo y voluntad, sino en desbancar ya, sobre todo ya, al otro de su sitio –obtenido con talento, tiempo, esfuerzo y voluntad– y ocuparlo él. Qué lejos de la rivalidad profesional entre el elegante Féderer y nuestro Nadal. Shapovalov quería tomar al asalto los cielos, no ganárselos a pulso. Es una de las plagas de nuestro tiempo, más peligrosa para la sociedad occidental que el sida, el covid, la gripe aviar, las vacas locas y lo que venga, aunque venga todo junto.

Sidney era el lugar escogido por Shapovalov para destronar al tenista mallorquín. Pero los cálculos atolondrados fallan y hay que saber elegir el atrezzo: quiso disfrazarse de David y acusar a Nadal de Goliat y así ganarse las simpatías de todos. No le salió bien –el mal carácter afea mucho– y pese a sufrir un golpe de calor y retirarse unos minutos de la pista, Nadal ganó al aspirante 3-2. La rabieta, mientras Shapovalov iba viendo cómo se desvanecía su objetivo, fue de órdago y como suele ocurrir desde los tiempos del malcriado McEnroe –fundador de los caprichitos, malos gestos, gritos y pataletas en pista y fuera de ella– su reacción fue atacar al sistema: es decir, al árbitro, a la federación internacional y a quien pasara por ahí. ‘¡Sois unos corruptos!’, le espetó al árbitro, sin aclarar el plural, y continuó dando la tabarra por ese lado: la corrupción de todo el sistema –no de una parte solo–, que es el paso previo a la revolución y a entronizarse el aspirante como rey del mambo o dictador de turno, y así ejercer su propia corrupción sin rivales y si todavía quedan, se arranca el poster. Es decir, se les manda muy lejos: a veces al lugar de donde nunca se regresa.

Pero Nadal siempre regresa o nunca se va, por mucho poster que arranquen quienes antes lo idolatraban, y a Shapovalov le quedan muchos partidos por delante para conseguir ser una sombra de lo obtenido por el manacorí a lo largo de su vida. Mientras tanto puede seguir insultando como hacen algunos boxeadores antes del combate. No creo que Nadal se inmute: aquí las gastamos de otra manera y Shapovalov –que acabó rompiendo su raqueta del enfado– carece de mimbres suficientes como para enterarse: manca finezza. El magnate Juan March decía que a su lado quería mallorquines porque ‘son fuertes como juncos; se doblan y tocan el suelo, pero no se rompen nunca’. Pues eso. Y sobre todo, tienen –o tenían– sentido del ridículo, no gritan, y si es noble su talento no acusan a los demás de sus propios fracasos. Aunque esta última virtud se haya perdido mucho y Rafa Nadal más que un arquetipo, sólo sea un superviviente de la misma.

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