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Diario de Mallorca

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Juan Tapia

Pedro Sánchez se equivoca

Las relaciones entre el jefe del Ejecutivo y el líder de la oposición nunca suelen ser buenas. Es normal en las democracias: uno aspira legítimamente a continuar en el cargo y el otro a sustituirle cuanto antes. Pero la ausencia total de un mínimo de contacto entre los que lideran las grandes opciones del país es perniciosa. Entorpece toda cooperación y no ayuda ni a la gobernabilidad ni a la confianza en la solidez de las instituciones.

Y la ausencia es más grave en momentos de crisis. La correcta relación entre Rajoy y Rubalcaba fue fructífera cuando la sugerida abdicación de Juan Carlos I. Por el contrario, la crispación y el bloqueo institucional nunca habían sido tan fuertes como en esta legislatura, cuando estamos ante una pandemia mundial con serias consecuencias económicas y sociales.

El culpable es difícil de señalar porque el trabajo de la oposición es denunciar -aun sin razón- la acción del Gobierno. Pero hay límites. La actitud de Pablo Casado, utilizando el peor momento de la pandemia, la primavera de 2020, para querer derribar al Gobierno es una. Al igual que el retraso de más de dos años en la obligación constitucional de renovar el Consejo General del Poder Judicial por el método legal y establecido -todo lo criticable que se quiera- que se ha practicado en anteriores legislaturas. Más aún cuando el pacto ya estaba cerrado y saltó por los aires tras la renuncia de Manuel Marchena, el presidente acordado, al conocerse el mensaje de un dirigente del PP diciendo que así (con Marchena de presidente) se controlaría «por la puerta de detrás» la Sala Segunda de lo Penal, la que juzga a los políticos procesados.

Que Pedro Sánchez y Pablo Casado solo se hayan visto dos veces esta legislatura, la última en septiembre de 2020, es aberrante y contribuye al actual nivel de crispación y al ensordecedor ruido político. Se entiende que Pedro Sánchez deteste la oposición practicada por Pablo Casado que le ningunea como presidente y sintoniza con lo de «el okupa de la Moncloa». Pero contestar con lo de donde las dan, las toman, es olvidar que su obligación es gobernar y, por tanto, mantener la comunicación con el líder de la oposición. Alguien dice que Sánchez contesta metiendo la mano en el ojo a quienes antes se la han metido a él. No es una buena norma, menos aún con el líder de la oposición, con independencia del acierto o desacierto con el que este ejerza sus funciones.

El pasado mayo fue Pablo Casado el que llamó a Moncloa cuando la crisis de la masiva entrada de inmigrantes en Ceuta auspiciada por Marruecos. Las complejas relaciones con el vecino del sur deben pesar más que las peleas entre Gobierno y oposición. Y ahora cuando la crisis con Rusia hace temblar al mundo y Josep Borrell, el ministro de Exteriores de Europa, ha dicho que «estamos en el momento más peligroso desde el fin de la Guerra Fría y nos enfrentamos al riesgo de un conflicto militar en nuestro continente», no es de recibo que Pedro Sánchez no haya hablado con Pablo Casado. Ha tenido que ser el jefe de la oposición el que, pese a su tono siempre descalificatorio, haya llamado al presidente para expresarle su apoyo al envío de la fragata Blas de Lezo al mar Negro.

Sánchez ha perdido una gran ocasión de actuar según lo que exige al PP al pedirle que apoye la reforma laboral: pensar en el interés general del país. Esta vez -y ya van dos- Casado ha sido más hábil al descolgar el teléfono. La concertación ante la crisis de Ucrania debe primar sobre todas las antipatías.

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