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Diario de Mallorca

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Verónica Fumanal

Verónica Fumanal Callau

Especialista en comunicación política

No mires arriba

Si la quiebra de la realidad y las mentiras interesadas y de parte se imponen, la sociedad está condenada a vagar en la confusión y a desmigajarse en grupúsculos de visiones radicalizadas

«Esa es tu verdad». Con esta expresión murió en política el concepto platónico de verdad, volvió a esconderse en la caverna y quién sabe si la volveremos a ver. De momento, mentir en política no pasa una gran factura, ni siquiera en los países donde decir la verdad antes se consideraba sagrado. Este artículo no va sobre las big little lies (pequeñas grandes mentiras) que cada día sueltan los políticos. No, estoy hablando de mentiras obscenas que manipulan a una parte de la población invirtiendo su percepción sobre hechos indiscutibles, como los de la controvertida película No mires arriba.

Boris Johnson lleva dos semanas mintiendo al Parlamento de forma descarada. Cuando se destapó el partygate, su primera estrategia fue el silencio. Cuando se demostró que había estado en la fiesta, afirmó que pensaba que era una reunión de trabajo. Al ver que esta respuesta no satisfacía, la cambió excusándose en que no sabía que estaba prohibido. Johnson es un profesional de la mentira. Lo demostró en la campaña del brexit y a lo largo de su carrera política, por lo que resulta paradójico que el mismo partido que lo encumbró por mentir ahora le pida la dimisión por el mismo motivo. Y este episodio resulta paradigmático de un cambio social sobre las consecuencias de mentir, porque en sociedades de cultura luterana, la mentira en política tradicionalmente se juzgaba como inadmisible. Pero la cultura política es un constructor vivo que evoluciona con el signo de los tiempos, y ahora la mentira en política es verdad para alguien.

El maestro indiscutible de esta estrategia es Donald Trump, que hizo de la posverdad el concepto del año en el 2016. El Washington Post contabilizó en todo su mandato 30.000 mentiras, algunas de ellas repetidas hasta la saciedad. La última de su legislatura, y posiblemente la más peligrosa, fue la acusación de fraude electoral que condujo a sus seguidores a querer asaltar el Congreso de Estados Unidos para frenar el supuesto fraude liderado por Joe Biden. Pero, al contrario de lo que pudiera parecer, tras demostrarse las numerosas mentiras de Trump, este no está muerto políticamente, sino que continúa siendo el referente indiscutible de los republicanos. Porque creen su verdad.

Parece poco probable que la tendencia hacia la mentira se revierta. En primer lugar, los partidos políticos que compiten en las elecciones con fake news, incluso con financiación irregular, no tienen ningún tipo de penalización en el resultado. A pesar de que se demuestre el fraude, la votación se mantiene, por lo que existen pocos incentivos para competir sin mentiras. En segundo lugar, para un ciudadano medio es bastante complicado diferenciar un medio de comunicación serio de un fake media, básicamente porque estos últimos se encargan de tener un aspecto muy similar al primero. Eso sin entrar en contenidos que se encuentran en un límite muy difuso entre la verdad y la mentira, porque, como es sabido, las mentiras más creíbles parten de una mínima verdad.

Por último, según la teoría de Festiger de la disonancia cognitiva, a nuestro cerebro le encanta consumir contenidos informativos que refuercen creencias previas, al tiempo que desacredita los contenidos que los contradicen, desdeñando a la fuente el propio contenido o, simplemente, no consumiéndolo. Por ello, tendemos a consumir aquellos medios alienados con nuestros esquemas ideológicos.

Las sociedades se sostienen sobre un cierto relato común de los grandes acontecimientos, sobre hechos cuya versión oficial es mayoritariamente aceptada. Pero la tendencia a mentir en política quebrando ese relato común en beneficio propio parece irrefrenable y sus consecuencias son nefastas. La incertidumbre no es una opción para la sociedad. El ser humano busca certezas y está dispuesto a asumirlas con tal de salir del cruce de caminos. Estamos programados para ello.

Por eso, si la quiebra de la realidad y las mentiras interesadas y de parte se imponen, la sociedad está condenada a vagar en la confusión y a desmigajarse en grupúsculos de visiones radicalizadas. Y al final de este camino se hallan la desconfianza en las instituciones y el debilitamiento de la democracia liberal. Las mentiras y su difusión son el principal reto sociopolítico de nuestra era.

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