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Diario de Mallorca

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Ruth Ferrero

Tribuna

Ruth Ferrero-Turrión

Investigadora sénior en el Instituto Complutense de Estudios Internacionales

No es el Risk

Todas las partes saben que Rusia no tiene las capacidades militares para una invasión a gran escala de Ucrania. Por tanto, solo cabe pensar en la existencia de intereses de otra naturaleza

Lo que está sucediendo en la frontera de Ucrania, a pesar de lo que piensen algunos (porque en este tema opinan, sobre todo, ellos), no es un juego de mesa en el que con un simple lanzamiento de los dados uno despliega tropas y se enfrenta al adversario. Hay muchos factores en juego, y muchos de ellos no se cuentan en los grandes medios de comunicación occidentales.

Es muy importante recordar que en la región del Donbass se lleva en guerra mucho tiempo. Desde la primavera de 2014 para ser más exactos. Y también es relevante recordar que existen unos acuerdos, los acuerdos de Minsk II, aprobados en 2015, con la idea de impulsar un alto el fuego entre las provincias rebeldes de Lugansk y Donestk y las autoridades de Kiev. Estos acuerdos fueron firmados en el marco del denominado Cuarteto de Normandía, compuesto por Rusia, Ucrania, Francia y Alemania. Uno de los puntos de dichos acuerdos hacía referencia a la convocatoria de unas elecciones locales que les proporcionaría una suerte de autogobierno, siempre dentro de las fronteras de Ucrania. Pues bien, ni este, ni otros puntos de estos acuerdos se han cumplido y esta es una de las reclamaciones que plantea Moscú.

Más allá de las reclamaciones en torno al conflicto del Donbass, Rusia también quiere reforzar su estrategia de seguridad en una región que considera su área de influencia y que, de hecho, lo ha sido históricamente, al igual que América Latina lo es de Estados Unidos. Incluso es posible categorizar en estos términos la propuesta europea Europa Amplia lanzada en 2004, con la que se pretendía construir una estrategia coherente y consistente para promover sus intereses y valores en la vecindad cercana. Por tanto, sería muy inocente pensar que los actores globales y regionales no aspiran a tener áreas de influencia. Y es esto precisamente lo que se está negociando estos días entre Estados Unidos, la OTAN y la Federación Rusa.

Esto en cuanto al fondo. En cuanto a las formas, desde luego no ayuda a una negociación tranquila el ingente número de efectivos rusos concentrados en la frontera con Ucrania, si bien esta diplomacia coercitiva ha conseguido el objetivo perseguido, que no es otro que sentarse a negociar con quien Putin considera que son sus principales adversarios. Por el momento, Putin ha conseguido reeditar las cumbres de los años 60 en cuanto a escenografía y contenidos, y la venta ante sus ciudadanos es la de poner a Rusia en el lugar que le corresponde por derecho. Y EEUU y la OTAN no han defraudado las expectativas del líder ruso, entrando al trapo y subiendo la apuesta con el envío de más tropas, jugando a un juego muy peligroso.

Así, a los efectivos ya desplegados por la OTAN en el Mar Negro desde hace años (Sea Breeze, HMS Defender, etcétera) se van a sumar otros con la intención de reforzar la presencia aliada en caso de conflicto. Pura política de disuasión. Una situación que recuerda sobremanera a los momentos de tensión que vivió el mundo durante la crisis de los misiles de Cuba. Entonces, como ahora, se lanzaron discursos tremendistas que alarmaron a las opiniones del mundo. Entonces, como ahora, se jugó con fuego. Entonces salió bien y por eso el caso se estudia en las escuelas de negocios.

Obviamente, los tiempos de la Guerra Fría han pasado. Rusia ya no es considerada una gran potencia, salvo en su músculo militar, y es desde ahí desde dónde Putin reivindica su lugar en la nueva reorganización geopolítica global. También lo intenta, aunque con menos éxito, la Unión Europea.

Curiosamente, todas las partes saben que Rusia no tiene ni las capacidades militares para una invasión a gran escala de Ucrania, ni ha desplegado la logística necesaria para iniciarla, sin soldados de reemplazo y hospitales de campaña. Por tanto, solo cabe pensar en la existencia de intereses de otra naturaleza, para continuar incrementando la tensión en lugar de impulsar un diálogo multilateral que escuche las demandas de los actores involucrados, que garantice la soberanía territorial de Ucrania y la prevalencia del derecho internacional. Quizás este sería un momento propicio para que la UE jugara, precisamente, la baza de la autonomía estratégica como garantía de estabilidad y paz, pero claro, para eso sería necesario que se consiguiera alcanzar una posición común en relación con el tipo de relaciones que se quieren establecer con Rusia.

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