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Diario de Mallorca

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Jose Jaume

Desde el siglo XX

José Jaume

Iglesia católica, la mayor inmobiliaria del Reino de España

Ni el más voraz depredador urbanístico llega a la suela de los zapatos de la ambición exhibida por los obispos acaparando tierras y bienes inmuebles exentos del Ibi

La relación de inmatriculados confirma la propiedad del Obispado del convento de Sant Jeroni. B. Ramon

Ciertas desvergüenzas carecen de parangón; es el caso que concierne a la Iglesia católica, a sus más de 90 obispos titulares de las diócesis españolas, que no se han parado en barras haciéndose suyas tierras, fincas, casas, plazas públicas y cuanta propiedad se les ha puesto graciosamente a su alcance. Utilizando la escandalosa norma promulgada por la dictadura franquista en los florecientes tiempos del nacional catolicismo, ribeteada por José María Aznar, mediante oportuna modificación de la Ley Hipotecaria en los inicios de la presente Centuria, para satisfacer al que entonces era el factótum del catolicismo español, el cardenal arzobispo de Madrid Antonio María Rouco Varela, hoy en forzado ostracismo, la Iglesia católica ha devenido en la empresa inmobiliaria más potente de España, probablemente una de las de mayor envergadura de Europa. Se ha desenvuelto en un constante acto de rapiña de proporciones descomunales. La cueva de Alí Babá queda corta comparada con el frenesí acaparador desatado en los obispos. En los inicios del siglo XIX, un político liberal, dotado de arrojo, Juan Álvarez de Mendizábal, dirigente del denominado Partido Progresista, ante el estado catastrófico de la Hacienda Pública española (esquilmada a conciencia por la regente María Cristina de Borbón dos Sicilias), decretó la desamortización de los bienes de la Iglesia. Fue uno de los artífices de la revolución liberal tras concluir la llamada década ominosa (1823-1833) instaurada por el felón Fernando VII. Su iniciativa dejó casi en cueros, solo en casi, a la Iglesia reflotando las maltrechas cuentas públicas de la exangüe España. Su decisión ha pasado a la Historia con el nombre de ‘la desamortización de Mendizábal’.

Dos siglos transcurridos, el Gobierno del presidente Pedro Sánchez y el presidente de la Conferencia Episcopal, Juan José Omella, cardenal arzobispo de Barcelona, prelado cercano al papa Francisco, se entrevistan para acordar que la Iglesia devuelva aproximadamente 1.000 de las más de 35.000 propiedades que ha inmatriculado. El castellano tiene perfecta expresión para definir lo sucedido: el chocolate del loro. Compongo que no engaña a quien no quiera ser engañado. Lo que hace el cardenal Omella, con el extravagante beneplácito del presidente Sánchez, que se lleva bien con el Vaticano y con la actual cúpula de la Iglesia católica, para notorio desespero de las derechas, en especial del PP, es desprenderse de propiedades demasiado estridentes, porque no hay forma de justificar, a modo de ejemplo, que una plaza pública sea propiedad del obispo de la diócesis correspondiente. Jamás devolverá voluntariamente, sea al Estado o a particulares, lo sustancial, como es, entre lo más llamativo, la Mezquita de Córdoba. Ante el intento de que pasara al patrimonio público se revolvería como gato panza arriba. Ahí sí, ahí sí que se podría afirmar taxativamente que con la Iglesia hemos topado, aserto con el que Miguel de Cervantes ilustra en El Quijote el poder que para desgracia de las Españas blande la Iglesia católica desde que Isabel y Fernando decidieron que éramos católicos, fieles hijos de la Iglesia romana, pasara lo que pasara y costara lo que costase. Ni con la Constitución de 1978 tiene arreglo la supeditación a las sotanas en asuntos sustanciales; lo son las propiedades de las que dispone la Santa Madre Iglesia. Establecido el paripé, solo resta el derecho al pataleo: asistir impotentes, porque no habrá juez que lo revierta, a la secular continuidad del latrocinio al que se ha asistido en España.

No habrá juez capaz de revertir la secular continuidad del latrocinio al que se ha asistido en España

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Acotación sorprendida.- El Bar Bosch es historia de Palma. Posee carácter inigualable. Siempre se ha caracterizado por el trato exquisito que sus profesionales han prestado y prestan. Dos de ellos, Juan Torres, casi tan institución como el bar, y Emilio Puerta, otro puntal, han sido despedidos. Torres llevaba en la casa décadas, Puerta, años. La clientela que les conoce se pregunta si el Bosch se encamina a perder su fundamental seña de identidad.

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