Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Juan Tapia

El amigo Scholz

Pedro Sánchez y Olaf Scholz en la Moncloa el pasado lunes. Michael Kappeler

Que en Alemania un Gobierno de gran coalición del CDU y el SPD, presidido por Merkel, haya sido relevado por un tripartito dirigido por un socialista, Olaf Scholz, en alianza con liberales y verdes, es un cambio que tendrá consecuencias. Pero no es, ni de lejos, una revolución. Scholz fue elegido porque su socialismo templado era quizás la alternativa menos traumática a una Merkel que encarnaba un conservadurismo pragmático y abierto. El cambio, que también puede implicar una menor autoridad del canciller en un Gobierno de tres socios y no de dos, tendrá consecuencias en las relaciones hispano-alemanas, pero tampoco serán grandes.

El primer dato a no olvidar es que el SPD y el PSOE son dos partidos que creen que el equilibrio social, a través del Estado y la redistribución de las rentas, es relevante en unas economías de mercado en las que las empresas privadas tienen un gran papel. Pero además el SPD y el PSOE son viejos amigos y conocidos. Sin la apuesta ya antes de los 70 de Willy Brandt, la Fundación Ebert y el diputado Hans Matthofer, luego ministro de Helmut Schmidt, por el entonces llamado PSOE del interior (Felipe González) frente al del exilio, el PSOE no habría tenido el papel tan relevante que tuvo en la Transición. Los alemanes apostaron a que la izquierda española no quedara dominada -como en Francia e Italia entonces- por los comunistas. Y cuando Felipe González hizo que el PSOE abandonara el marxismo tenía en mente lo que el SPD ya hizo en 1959.

Olaf Scholz y Pedro Sánchez no son quizás amigos, pero sí hijos, o nietos, de amigos que apostaron porque España recuperara las libertades políticas y sindicales. Y ser hijo de amigos cuenta.

Pero han pasado muchos años y hoy estamos más en la Europa de los estados -la del general De Gaulle- que en la federal o la de las ideologías. Scholz tiene que mirar primero a Francia e Italia -e incluso a Polonia- que a España. De la misma manera que Felipe González supo que a España le convenía una muy cordial relación con la Alemania del democristiano Helmut Kohl pese a que el SPD estaba en la oposición.

Y Scholz es socialista pero quizás más próximo a los nórdicos -durante el nazismo Brandt se refugió en Noruega- que al meridional. Y los nórdicos temen que los impuestos de sus trabajadores -que son muy altos- sirvan para pagar el gasto de países que pueden ser más laxos en el uso del dinero público (Pujol, Gürtel, eres de Andalucía…). Pero la Alemania de Scholz será sensata al reconocer -como ya se ha hecho con el plan de regeneración de 750.000 millones- que el euro exige mínimos de solidaridad y transferencias entre los países más ricos y los menos prósperos.

Sánchez hará bien en utilizar al máximo la cercanía con el SPD. Y los países del norte -y el nuevo Gobierno holandés- saben que la Europa de 2023 será distinta a la de antes de la pandemia. Pero está claro que en la discusión sobre el cambio de las normas fiscales España estará más cerca de la Francia de Macron o la Italia de Draghi -países con desequilibrio fiscal- que de Alemania. Las realidades económicas pesan mas que las ideologías porque son consecuencia de necesidades que obligatoriamente hay que afrontar.

Y calma. La discusión sobre las nuevas normas fiscales de la zona euro está en sus inicios. Primero hay que saber si Draghi es elegido dentro de pocos días presidente de Italia. Y luego, si en primavera Macron, un liberal de centro que será la opción más a la izquierda en la segunda vuelta, es reelegido en Francia.

Compartir el artículo

stats