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Diario de Mallorca

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Verónica Fumanal

Verónica Fumanal Callau

Especialista en comunicación política

Dimitir en Downing Street

Ilustración Fernando Montecruz

No hay primer ministro británico conservador que acabe su legislatura ni se presente a la reelección desde que David Cameron cometiera el tremendo error de someter a su país al referéndum sobre el Brexit. Cameron tuvo que dimitir, Theresa May tuvo que dimitir y Boris Johnson parece que se asoma por el mismo precipicio. El Reino Unido, el que fuera uno de los países con mayor estabilidad (poder estabilizador) y liderazgo del viejo continente, desde que abandonara la unión no solo no ha vuelto a ser una potencia internacional, sino que a duras penas consigue llevar las riendas de su política doméstica.

Todo empezó con Cameron. El político tory decidió poner en marcha el referéndum sobre el brexit cuando él mismo estaba en contra de la salida. Lo que fuera una crisis interna dentro del Partido Conservador y su incapacidad de gestionarla internamente sometió al país a una de las elecciones más traumáticas que se recuerdan. Como hemos sabido posteriormente, el brexit ganó con todo tipo de fake news que obligaban a decidir entre su sanidad pública o seguir sufragando a los derrochones PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España).

Según el columnista Fintan O’Toole, el placer de la autocompasión, como una forma de egocentrismo, estaba detrás de un relato impuesto desde el mismo inicio de la Unión en los 70 entre los británicos. Posiblemente, Cameron no supo calcular el impacto de su decisión de externalizar el conflicto interno de su partido, lastrando no solo el futuro de los tories, sino del propio país. Cameron había sido elegido líder en su partido en 2005, ganó sus primeras elecciones en 2010 y fue reelecto con mayoría absoluta en 2015. Un año más tarde dimitió para que un partidario del brexit pudiera gestionar la salida.

Theresa May fue la primera ministra elegida por la Cámara para ejecutar el brexit. Una mujer que había estado al frente del Ministerio del Interior y con larga experiencia política que siempre se situaba en las quinielas como posible líder conservadora. Desde luego, la misión era tan compleja como incierta: sin acuerdo interno en el país, con conflictos con Irlanda, con cientos de tratados sobre aspectos económicos, aduaneros, ecológicos, comerciales, migratorios… y empresas abandonando el Reino Unido. Desde que abandonara la UE, el Reino Unido no solo no ha vuelto a ser una potencia internacional, sino que a duras penas consigue llevar las riendas de su política doméstica.

Con un arrepentimiento notable de cierta parte de la abstención durante el referéndum, además de las certezas de tongo, May debía liderar un brexit con miles de encrucijadas que, al final, se resolvieron en dos vías: brexit duro o blando. May llegó al poder con una frase lapidaria, «brexit means brexit», de la que fue víctima, porque el brexit nunca tuvo una única salida, sino que era un laberinto irresoluble que acabó con su carrera política al no saber encontrar una que sumara una mayoría parlamentaria. En mayo de 2019 anunció su dimisión al ser rechazados tres veces sus acuerdos de salida por el Parlamento británico.

Ilustración.

Ilustración. Fernando Montecruz

Boris Johnson fue elegido por los tories el 24 de julio de 2019 con una promesa clara: el Reino Unido estaría fuera de la UE el 31 de octubre de ese mismo año «ha llegado el momento de actuar y tomar decisiones». Con esa misma promesa ganó las elecciones de noviembre de ese año con mayoría absoluta. Johnson era un líder ejecutivo de un país que quería terminar con la agonía de las negociaciones de la UE a cualquier precio, así fuera un brexit unilateral y por las bravas… si es que eso era posible. Y no lo fue.

El 12 de diciembre, el Parlamento británico aprobó el acuerdo, pero su ejecución, además de algunos flecos, se postergó para enero de 2020. El 4 de enero, la OMS anunciaba un nuevo tipo de coronavirus en Wuhan y la carrera de Johnson viraba hacia el negacionismo del virus, hasta que en abril fue ingresado por contraerlo. Las filtraciones, quién sabe si de su propio partido o de quien fuera su asesor de confianza, Dominic Cummings, han puesto contra las cuerdas al primer ministro al desvelar que acudió a una fiesta cuando toda su nación estaba confinada por ley.

A los partidos británicos no les tiembla el pulso cada vez que detectan que un líder no da la talla en las encuestas. Eso es, precisamente, lo que le está pasando al premier británico. Las últimas encuestas publicadas afirman que un 66% de los británicos, un 42% conservadores, asumen que Johnson debe dimitir. En otro sondeo, este porcentaje se sitúa en el 56%. Este clamor demoscópico se suma al acoso de los medios de comunicación de todo tipo de línea editorial, donde los titulares son taxativos: «mentiroso», «nos trata como idiotas», «¿está acabado?».

Así que, salvo giro de guion inesperado, es probable que estemos asistiendo al final de la carrera del tercer primer ministro, que, igual que sus predecesores, asumirá una dimisión antes de acabar su mandato desde Downing Street. El autor antes citado, Fintan O’Toole, escribió el libro sobre los orígenes del brexit llamado Un fracaso heroico. Un buen titular para la salida de todos ellos.

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