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Diario de Mallorca

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Pedro Coll

Voyeur

Cruce de 23 con M, visto desde la habitación 2004 del Hotel Habana Libre. ©Pedro Coll

Recordando aquella rebelde y naif Habana que tuve la fortuna de ver evolucionar sin evolucionar entre los años 1994 y 2014.

El botones dejará la maleta en el suelo, recibirá su propina y será conducido al pasillo. El voyeur cerrará la puerta y se encaminará al gran ventanal, correrá los visillos de un golpe seco y el mar de luces temblorosas invadirá todo su espacio visual. Ahí está, de nuevo ante él, la ciudad carismática, dolida, sensual, histórica, rebelde, con su mar de plomo, su horizonte de plomo, su muralla de plomo. Tirará de la manivela y la corredera de cristal se deslizará sin esfuerzo, dejando que el gran espacio exterior físicamente le acaricie la piel de la frente, de las mejillas, de las manos... No es la primera vez que esto ocurre, pero aún así notará cómo se le eriza el vello. Podrá de nuevo oler aquel aroma combinado de salitre y asfalto y percibir el intenso rumor a ciudad durmiente que, de manera lenta e imparable, asciende y le alcanza y le envuelve, allá en el piso 20, en el balcón de aquella habitación ya familiar para él, la 2004.

El jet-lag le tumbará vestido y mal afeitado en la inmensa cama, con el ventanal abierto y los visillos danzando al ritmo de la brisa y el jet-lag abrirá sus ojos cuando la primera luz de la aurora comience a pintar una línea salmón en la lejanía. La maleta aún sin abrir, pero ya montado el trípode y la cámara situada y lista. Y así comenzará de nuevo su inspección minuciosa de los fragmentos de la urbe, de los tejados, de las torres de iglesias que se mantuvieron contra viento y marea, de los rascacielos y de las casas, de las terrazas, de las calles de asfalto roto animadas por coches de otra época, de las fachadas iluminadas por lámparas naranja o de frío neón, todo ello dibujado por la luz de los atardeceres rojos, o la luz del sol filtrado por mares de nubes, manchando a ráfagas, o la del sol plano, duro y cenital, o de la envolvente y pastosa luz que consigue traspasar la niebla de la madrugada, pero siempre de la mano de la luz, cambiante, realzando y borrando, subrayando, sí, siempre la luz, susurrando a sus oídos, guiando su mirada como fiel lazarillo.

Cuánta acción en algo tan estático

Durante días sucesivos, el voyeur, como espía encaramado en plena crisis de los misiles, desde su ventana indiscreta irá documentando el sutil espectáculo de la vida mostrado a través de las azoteas, todo un lenguaje de evidencias, la radiografía de una época, el mapa de varias generaciones, las arrugas del tiempo. Y rodeado de silencio, de la manera que a él le gusta avanzar, el voyeur intentará interpretar lo no interpretable. 

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