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Diario de Mallorca

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Juan José Company Orell

En boca cerrada...

El bueno de Forrest Gump nos advertía desde la pantalla que «estúpido es el que hace estupideces», frase lapidaria donde las haya y que no pocos debieran grabarse a fuego; cierto es que todo en esta vida es interpretable, por ello y para no equivocarnos en la definición de estupidez nada mejor que acudir al diccionario de la RAE; la primera acepción de estupidez contiene la siguiente definición: «torpeza notable en comprender las cosas».

Me viene a la memoria un vuelo entre Madrid y Lagos, en los años ochenta, en el cual coincidimos con un subsecretario a algo así, por lo menos de tal guisa de presentó a sí mismo, del Ministerio de Comercio de la época; durante todo el vuelo nos estuvo dando la vara, tanto a mí como a mi compañero de viaje, Manolo, de los asuntos de suma importancia que le traían hasta Nigeria; no pasó mucho tiempo sin que nos percatáramos de que la enormidad de su ego era solo comprable a la largueza de su ignorancia y llegamos tanto Manolo como yo a la lógica conclusión de que era simplemente torpe, tonto. Llegados a destino nos despedimos del pagado de sí mismo funcionario, al rato mi compañero de viaje, con su avispada visión de las personas y su muy pronunciado acento gaditano, pronunció una sentencia que aún recuerdo: «ves, Juanjo, ahora el gilipollas éste se dejará engañar por los nigerianos, y por su culpa nos pasaremos los diez próximos años comiendo lentejas africanas en lugar de las nuestras». Y es que debemos convenir que no hay nada más peligroso que un tonto con poder.

En estos días se comenta mucho la penúltima metedura de pata, o de lengua, de un denominado ministro de Consumo, nominalmente adscrito al Gobierno de España, que olvida a menudo que el mantener la boca prudentemente cerrada, cuando no se tiene nada inteligente que decir, evita que se le llene de moscas inoportunas. Y lo más llamativo de sus declaraciones a un medio de un país que importa, o importaba, productos cárnicos españoles, no es tanto si dijo una cosa o la otra sino el hecho de que al referido funcionario, al cual se le supone su disposición y voluntad para laborar a favor de todos los ciudadanos, cualquiera que sea su estatus o condición, se le ha entendido que considera que algunos de nuestros productos cárnicos, que se exportan además de a la tierra del periódico entrevistador, a otras muchas, son de menor calidad. Luego ha intentado matizar aduciendo que de lo que se trataba era de denunciar las actuaciones de las llamadas macrogranjas, no de los restantes establecimientos ganaderos. Pero, claro, olvida el Excelentísimo Sr. Ministro que los lectores de periódicos suelen quedarse con el trazo grueso, con el titular y la Head Line del diario británico dice así: «Poor meat and ill-treated animals»; y eso es lo que les llega a los ciudadanos británicos que luego, cuando vayan al supermarket, preguntarán al dependiente si la carne que fueran a comprar viene de la Spain de Garzón o no; ¿o es que cree en lenguaraz funcionario público que el consumidor anglosajón hará distinciones entre macros, medios y minis productores de carne española?

Además de los anterior, las imprudentes manifestaciones del miembro del Gobierno levantan otras dudas no menores; por ejemplo, ¿cuál es la causa, si las apreciaciones del ministro son veraces sobre las macrogranjas, por la cual el Gobierno del que forma parte el Sr. Garzón no procede de inmediato al cierre de esas instalaciones tan sumamente perjudiciales?; ítem más, si la carne es de tan pobre calidad y suponiendo que algo de esa producción se consume en alguna parte del territorio nacional, ¿por qué el ministro de Consumo no toma medidas drásticas y prohíbe que esa carne, de pobre calidad, se comercialice entre los consumidores hispanos?

Pero, claro, ese es el mismo alto cargo ministerial que se gastó, dicen los de la canallesca, unos ochenta mil eurazos en una huelga de juguetes y su correspondiente trompetería, eurazos que seguramente hubieran estado mejor invertidos en comprar un montón de juguetes para otro montón de criaturas que no pueden, por su circunstancia vital, tener ninguno y a los que les daría igual si el juguete que les llegase fuese de niño, de niña o de niñe.

Terció mal el Sr. Garzón, en esta su penúltima reincidencia, puesto que nada bueno para el sector ganadero, del tamaño que este fuera, traerán sus alegres palabrerías y que además causarán mayor daño, no a las macrogranjas sino precisamente a esa explotaciones que el mismo dice pregonar aduladoramente y que están con el agua que les llega al labio superior, precisamente por precios de otros consumos, como piensos, combustibles, servicios veterinarios, etc., de los que también ellos son consumidores, Sr. Ministro De Consumo.

Finalmente el Sr. Ministro permaneció, como el Papa Luna, en sus trece y dijo que nada tiene que rectificar ya que sus palabras fueron impecables; ninguna sorpresa pues de ordinario el rectificar suele ser de sabios.

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