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Diario de Mallorca

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JOrge Dezcallar

Ucrania al rojo vivo

No hay nada peor que un nacionalista que lanza un órdago detrás de una propuesta de imposible aceptación porque entonces se siente frustrado y no puede regresar a casa con las manos vacías porque eso sería como suicidarse en el mismo centro de la plaza del pueblo. Para evitarlo se echa al monte porque aunque sabe que eso no le acercará a su objetivo, al menos le permite ganar tiempo y no perder la cara. Ese acaba siendo el problema del que regresa con las manos vacías, no perder la cara, porque como decía Tarradellas lo peor es el ridículo.

Putin es un nacionalista ruso, porque allí también los hay, un hombre que piensa que la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas fue una tragedia que le quitó a Moscú el dominio sobre dos millones de kilómetros cuadrados y dejó a Rusia reducida a lo que Obama llamó una «potencia regional». Para Putin eso fue una banderilla de fuego y por eso quiere recuperar el estatus de gran potencia apoyándose en bazas tan poderosas como sus Fuerzas Armadas, su potencial nuclear (1.500 ojivas), su asiento permanente en el Consejo de Seguridad y su derecho de veto. Y también su exportación de gas a una Europa que lo necesita porque el precio de la electricidad está por las nubes. Con esos mimbres juega fuerte en el exterior y oculta debilidades internas como su escasa población, su PIB como el italiano, o su dependencia exportadora de materias primas (gas y petróleo). Y ahora ha decidido echar un órdago en Ucrania.

A Moscú no le faltan razones para hacerlo pero no tiene razón en la forma de hacerlo. Después de que doce países de la extinta URSS se hayan integrado en la OTAN, el Kremlin ha trazado una raya roja en Ucrania. No va a aceptar que ese país entre o que acoja en su territorio armas de EE UU y de la OTAN dirigidas contra Rusia. Exige garantías de que tampoco se le abrirán en el futuro las puertas de la Organización, quiere que la OTAN retire las fuerzas convencionales de los países Bálticos, Rumania o Polonia, y ya puestos también pretende que se le otorgue un derecho de veto sobre la posible aproximación de Finlandia o Suecia (dos países neutrales) a la OTAN si un día desean hacerlo. También quiere que Estados Unidos no despliegue armas nucleares en suelo europeo.

Son exigencia inasumibles y así lo han dicho los negociadores norteamericanos tras los primeros contactos, porque afectan a la autonomía soberana de los Estados y porque resultan aún menos aceptables cuando se hacen bajo la presión de cien mil soldados rusos desplegados junto a la frontera de Ucrania. Después de la desastrosa retirada de Afganistán, Estados Unidos no puede permitir que se dude de su resolución porque eso enviaría una peligrosa señal de debilidad que desmoralizaría a los aliados europeos y podría conducir a que China se equivocara también sobre la fortaleza de su apoyo a Taiwán. O sea, que los EE UU no pueden ceder al chantaje ruso sobre Ucrania y el problema es que después de la que ha montado, tampoco Putin puede retirar sus soldados y hacerlos regresar a Moscú con las manos vacías. Las espadas están en alto y una salida podría ser meter otras cuestiones en el cesto negociador sobre las que hubiera más flexibilidad. El presidente de la OSCE cree que la guerra es posible.

En esta crisis los perdedores en principio son dos: Ucrania y la Unión Europea. La primera porque ya ha perdido Crimea, y es probable que también pierda las «repúblicas de Donetsk y Lugansk», que cada vez se deslizan más hacia Rusia, y porque la actitud rusa le ha metido el miedo en el cuerpo y eso influirá en su comportamiento futuro, si es que no es peor. Y la UE porque no ha participado en ninguna de las reuniones que se han celebrado para tratar de este conflicto en el corazón de Europa. Es cierto que lo han hecho sus países miembros pero no la UE como tal y eso pone una vez más de relieve su debilidad por carecer de una política exterior común. El resultado de la crisis se decidirá entre rusos y americanos mientras «los pequeños» miramos desde el tendido.

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