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Diario de Mallorca

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Ángeles González-Sinde

Ángeles González-Sinde

Escritora y guionista. Exministra de Cultura

Limpio mi casita

Esa afición nuestra por la higiene en casas atestadas ha sido un calvario más

Dice la leyenda urbana que los españoles, gracias a la herencia musulmana, somos un país con estándares de limpieza altos. Por ahí fuera en Europa y en Estados Unidos, el personal no está todo el santo día bayeta y escoba en mano barriendo su casita. Cierto es que nuestra obsesión con la pulcritud es fuente de intenso conflicto entre padres e hijos adolescentes y no digamos entre parejas. Y es que cada cual tiene un umbral de la porquería como tiene un umbral del dolor. Es algo personal.

Este umbral de la mugre se suma por otro lado a nuestra tolerancia a la acumulación, es decir, a los trastos. Somos un país barroco. El domicilio español, sea grande o chico, ha de colmarse de muebles y archiperres hasta su capacidad máxima y la moda del minimalismo aquí solo se pudo implantar porque existen los trasteros. Veo esas casas blancas de las revistas sin nada sobre los aparadores y compadezco a los propietarios. ¿Qué hacen con los chirimbolos que les regalan? No me creo que según llegue esa madre o esa suegra con un jarrón de cerámica la manden al punto limpio. El minimalismo para una familia española exige unas convicciones y una determinación de las que carecemos. El minimalismo queda para pueblos más austeros y más espirituales. Nosotros somos carnales y matéricos y abigarramos los espacios. Si entre el comedor y el sofá hay que pasar de canto, mejor que mejor. Es el estilo que nos gusta.

Esa afición nuestra por la higiene en casas atestadas, durante la pandemia ha sido un calvario más. Porque tener aseado un palacio rococó no es lo mismo que pasar el mocho por un loft. Y es que, entre muchas enseñanzas, la pandemia nos ha mostrado la diferencia entre lo limpio y lo sucio. Nunca habíamos visto tanto trapo y tanta lejía. Nuestro fregadero está tan reluciente que podríamos comer en él, como en el viejo anuncio. En estos dos años, del más desastrado al más pulcro, hemos deseado ver los pomos y tiradores de las puertas, ya fueran del metro, de la oficina o del ascensor de casa, relucientes como espejos. Nuestra ropa nunca vio tanto jabón. Especialmente en el primer confinamiento, cuando no sabíamos cómo se transmitía el virus, volvíamos del súper y dejábamos zapatos y vestimenta en el descansillo para meternos de cabeza a la ducha y frotarnos con la intensidad de Meryl Streep en Silkwood, aquella preciosa película sobre una líder sindical en una planta de combustible nuclear.

Durante estos casi dos años de mantener la casa, la oficina, el bar como una patena hemos descubierto (aparte de algunas pertenencias que creíamos extraviadas y que estaban caídas detrás de la mesilla y aparte del tono original del azulejo del baño de la cafetería donde desayunamos que no era gris, sino blanco) que quitar el polvo es tocar tierra, que fregar es una manera barata de practicar el aquí y ahora que nos recomiendan los psicólogos y que frotar grifos es una forma de meditación activa. Responsabilidad, humildad, dignidad, modestia, humildad todas estas virtudes se me vienen a la mente según paso la aspiradora y reparo en que toca cambiar la bolsa y no he comprado repuesto. No en vano la limpieza de la propia celda es parte de regla de muchas ordenes religiosas; limpiar el templo es el primer movimiento budista hacia el equilibrio mental; y las mujeres africanas barren minuciosamente cada mañana su hogar por el bien de los espíritus de los antepasados, para que puedan descansar en armonía y protejan a la parentela. De la Bauhaus al Tao pasando por el islam, son numerosos los movimientos culturales que incluyen la limpieza como parte de sus ritos y su filosofía. Y es que la limpieza te invita a la fe y a la toma de conciencia. Si limpias, la próxima vez te lo pensarás dos veces antes de ensuciar. Si limpias, es que confías en el futuro y deseas hacer hueco para él. No hay más que pensar en lo que nos ocurre cuando estamos deprimidos y desesperanzados, pasar por la ducha y recoger el cuarto es lo último que nos apetece.

Me ha gustado que nos hayamos vuelto mas limpios aún durante la pandemia, porque lo hemos hecho concediéndole su tiempo y su propósito. Tener la casa limpia ya no ha sido un capricho de madres pesadas y hemos incorporado el ritual. No está nada mal hacernos cargo por fin de la polvorienta huella que dejamos en el mundo. Enjabonarnos las manos y cuanto tocamos, es una forma de conjugar el plural: frente al yo ese nosotros a menudo invisible que tanta falta hace.

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