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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

Al Azar

Matías Vallés

Ayuso desfallece y se extingue

Basta repasar la lista de presidentes del Gobierno para concluir que Pablo Casado puede alcanzar esta dignidad. Su principal escollo no era el gabinete bifronte de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz, sino la oposición interna de Isabel Díaz Ayuso ahora difuminada. En su desfallecimiento, se extingue como candidata a La Moncloa y se conforma con un ministerio de su mayor enemigo. Victoriosa en los sondeos, se ha quedado tan sola como Inés Arrimadas tras ganar las elecciones catalanas. Su última rebelión se remonta a la exaltación liberal de las comidas pandémicas de Navidad, un levantamiento que no llega ni a microgranja.

Es hermoso contemplar a Ayuso departiendo y compartiendo con Teodoro García Egea. En su rendición, la presidenta madrileña ni siquiera se ha cobrado la pieza del secretario general del PP que polarizaba su revuelta, y que debió exigir como contrapartida para enmascarar su renuncia al pugilato con Casado. Tampoco ha marcado el calendario del congreso regional de su partido, aunque este dato sea intrascendente en el resto de España que llegó a liderar simbólicamente. Si la rebelión interna conducía a un callejón sin salida, no haberla explorado. Si cede por amenazas de dosieres como los tendidos a Núñez Feijóo, se suponía que el juego sucio no podría doblegarla. Engrosa hoy el panteón de Esperanza Aguirre, Gallardón o Cristina Cifuentes, escandalosos pero estériles.

El abandono de Ayuso demuestra que no ha entendido las razones de su lanzamiento fulgurante. La derecha desacomplejada pierde un faro, pero le sobrarán portaestandartes en las aguas bravías de la era inflacionaria postcovid. El intento de camuflar la renuncia por el objetivo común de las elecciones castellanoleonesas es sonrojante, equivale a teñir una revolución de pragmatismo. A la presidenta madrileña le han predicado paciencia, un caldo en que resulta insoluble el populismo de la inmediatez. Con su liderazgo nacional marchito, Ayuso se dispone a descubrir su auténtica valía. Nadie querría estar a su lado cuando le golpee el espejo de la realidad.

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