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Diario de Mallorca

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La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió anteayer que según sus cálculos la mitad de la población europea se contagiará de la variante ómicron durante las seis u ocho próximas semanas. La noticia es aterradora, incluso si interpretamos el pronóstico de la forma más favorable, incluyendo en esa mitad que caerá presa del virus aquellos que están infectados ya. Que un 50% de todos los ciudadanos, niños, adultos y ancianos, caiga preso de una determinada dolencia en un plazo tan breve es una situación que apenas cabía imaginar pero, encima, oculta un enigma. ¿Cuántos de esos contagios serán lo bastante graves como para necesitar asistencia hospitalaria? ¿Cuántos tendrán que ser atendidos en las unidades de cuidados intensivos, ya ahora mismo al borde de la saturación en España?

Veintiséis provincias españolas —más de la mitad— superan un 25% de la ocupación en las UCI de sus hospitales en el momento en que se escribe esta cuartilla. Cinco de ellas cuentan con las peores cifras de saturación en las hospitalizaciones digamos normales —fuera de la UCI— desde que comenzó la pandemia. Y en el resto del país la situación es apenas mejor. En atención primaria sucede lo mismo hasta el punto de que Antonia Raya, vicepresidenta del Fòrum Català d’Atenció Primària ha advertido que el desbordamiento actual roza el disparate, con los médicos dedicando casi todo su tiempo al trabajo administrativo de conceder bajas laborales mientras tienen que dejar de lado la función de asistencia a los pacientes. Tan grave es la situación que la doctora Raya advierte de la necesidad de una reforma de raíz del sistema sanitario.

Pues bien, todo eso sucede antes, repito, antes de que llegue la amenaza prevista por la OMS de un contagio generalizado hasta alcanzar a la mitad de nuestros compatriotas. ¿Que cabe tener esperanzas porque la oleada vírica actual resulta menos letal? Eso sólo es verdad hasta cierto punto: todos los días mueren de la covid-19 pacientes muy jóvenes, en especial si no están vacunados. Con la amenaza, nada imposible, de que una nueva mutación del virus empeore aún más las cosas.

Mientras la situación sanitaria es la que es, y las predicciones asustan, las noticias que leo acerca de las medidas que se plantean los políticos hablan de que la llamada politología dice que está próxima la terminación social de la pandemia —por más que no quede claro qué es eso— y que desde las administraciones se plantean relajar las medidas de protección como son las cuarentenas (aún más allí donde las cifras de contagios son peores). Me viene a la memoria que Edward Wilson, el fundador de la Sociobiología recién desaparecido decía en 1975 que había llegado el momento de quitar la ética de manos de los filósofos y dejarla en las de los científicos. No sé por qué será que me acuerdo de eso.

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