Resulta difícil escribir sobre la muerte. Jiddu Krishnamurti, nacido en la India en 1895, fue un maestro poderoso, inflexible e inclasificable, cuyas charlas y escritos no tenían conexión con ninguna religión específica y no pertenecían a Oriente ni Occidente, sino que eran para todo el mundo. En el núcleo de su enseñanza estaba la comprensión de que los cambios fundamentales de la sociedad podían tener lugar solo con la transformación de la conciencia individual. Escribió que la muerte debe ser algo extraordinario, como lo es la vida. La vida es algo total. El dolor, la pena, la angustia, la alegría, las ideas absurdas, la posesión, la envidia, el amor, la dolorosa desdicha de la soledad... todo eso es la vida. Y para comprender la muerte tenemos que comprender la totalidad de la vida, no tomar solo un fragmento de ella y vivir con ese fragmento, como lo hace la mayoría de nosotros. En la comprensión misma de la vida esta la comprensión de la muerte, porque ambas no están separadas. Pocos, han escrito tan sabiamente sobre la vida y la muerte como Krishnamurti. Es evidente, que todos nosotros hemos pensado, pensamos continuamente sobre la vida, pero muy particularmente sobre la muerte. Es algo íntimo, profundo, fugaz incluso en nuestro pensamiento, por esa capacidad del ser humano, intrínseca, natural, genética, que nos posibilita seguir viviendo conocedores de nuestra irremediablemente muerte. A mí, la muerte me condiciona como a todos, pero, individualmente, no me preocupa como tal, si no fuera por el condicionante del amor a los que han tenido representación en tu vida. Tu familia, tu compañera, tus hijos, tus padres, tus nietos, tus amigos, tus mascotas, aquellos a los que has querido y han rodeado y complementado tu vida, la simple idea de que con la muerte todo eso se desvanece me parece una absoluta, cruel, injusta y absurda consecuencia de nuestra existencia. Ante todo ello, solo te resta la fe en que esto no puede ser todo lo que nos depara la vida. No hay beneficio alguno en conocer la muerte, sin embargo, extrañamente, la muerte y el amor, van siempre juntos, jamas se separan. Muy recientemente, en el mismo día y con escaso tiempo de diferencia se han ido dos compañeros y amigos con los que compartí muchas vivencias, dos buenas personas y profesionales, Bartolomé Monserrat y Juan Galán. Decir que se han marchado muy pronto es un eufemismo. No poder verlos más y compartir momentos, como con todos los familiares y amigos que se han ido es lo más definitorio de la muerte.

Pero, ¿qué motivo tiene el hombre para pensar que pueda superarse semejante situación? ¿De dónde vendrá el liberador que pueda arrancarlo de las garras de la desesperanza? Lógicamente, aunque se muevan en el mismo plano y tengan mucho que ver la una con la otra, la desesperanza no lleva a la esperanza directamente y de por sí; sería un sin sentido. Según Gabriel Marcel (1889-1973) está claro que, para que sea posible esperar de verdad —para que pueda hablarse de la esperanza— el hombre tiene que fiarse de la «gracia», es decir de lo gratuitamente dado.

«En la raíz de la esperanza, hay algo que nos es literalmente ofrecido» . Ella surge como respuesta «a iniciativas cuyo centro se halla fuera de nuestro alcance, allí donde los valores son gracias» O, lo que es lo mismo, «la esperanza no es posible excepto donde hay lugar para el milagro». Que Dios os bendiga amigos míos y la Virgen del Pilar nuestra patrona os acoja en el cielo.