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Diario de Mallorca

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Daniel Capó

LAS CUENTAS DE LA VIDA

Daniel Capó

Noche de Reyes

El día que los Reyes dejaron de ser Reyes no me alegré

Cabalgata de los Reyes de Oriente en Palma

El día en que descubrí que los Reyes no eran los Reyes no me alegré. ¿Qué edad tendría entonces: seis, siete, ocho años? No lo sé, ni me importa. Al rey Baltasar le habían tiznado el rostro y el fondo blanco de la piel asomaba entre la camisa y el cuello, proclamando –urbi et orbi– la mentira. No me alegré, aunque tampoco dije nada en casa. A un padre le afecta la tristeza de un niño, pero hay males que no tienen remedio. La decepción es uno de ellos; la despedida de la infancia, otro. Me gustaba –y me sigue gustando– que los niños sean niños y piensen, sueñen y actúen como niños. Hoy los pedagogos suelen enorgullecerse de lo contrario, como si educarnos en el escepticismo nos ayudara a convertirnos en adultos más deprisa. La realidad es la contraria, porque para madurar necesitamos confiar e imaginar, y nunca he oído decir que el escepticismo sea el mejor jarabe para ninguna de las dos cosas.

No sé si dejé de creer en Papá Noel antes o después, aunque yo diría que fue más tarde. En la memoria de los niños, las edades se confunden y nada ocupa exactamente su lugar preciso. Sé que ambos desengaños no sucedieron a la vez y con eso me basta. La magia, esa rúbrica de la verdad, se mantuvo un tiempo para luego, poco a poco, ir mutando hacia una realidad distinta; no más plena ni hermosa, desde luego.

Lo cierto es que no quise ir más a ver los Reyes ni volver a saludarlos. En casa –la tradición luterana–, apenas celebrábamos la noche de Reyes y la pérdida diría que fue relativa. ¿Para qué vas a creer en lo que ya nadie cree? Esta pregunta que no me hice de niño, sí que me la he planteado ya como padre. La respuesta, de nuevo, tiene que ver con la confianza. Uno tiene que saber de quién se fía, a qué rey puede rendir pleitesía y a quién debe fidelidad. Y ello, a su vez, permite que demos fruto. Pero yo no lo sabía entonces –¿cómo iba a saberlo?–, aunque algo pudiera intuir. La magia de la infancia tiene también que ver con eso: los niños por naturaleza no son escépticos, sino más bien crédulos. Necesitan creer porque han de confiar en alguien. Ninguna ciudad se ha construido sobre las arenas movedizas del vacío.

Miro a los Reyes hoy con el mismo escepticismo que en mi infancia. Sin embargo, sé que de algún modo me hablan. Reconozco el timbre de su voz, el latido de su generosidad a través del tiempo. Los Magos se mueven a través de la noche, persiguiendo una luz tan distante como misteriosa. Esa luz fue profetizada y cayó en el olvido, a pesar de que se musitaba a diario con los labios secos de la memoria. Los Magos avanzan a través de una noche que a nadie le es desconocida, se llame miedo, violencia, depresión, soledad o muerte. Llegan para servir a una esperanza: la ilusión de los niños, su anhelo aún limpio, puro, antes de que lo malee la vida adulta. Y quizás sea ese el eco que resuena en nosotros: ese gozo de la espera, que nos sostiene en la inacabable oscuridad de los siglos.

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