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Diario de Mallorca

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José Carlos Llop

El año en que se abandonaron las ciudades

El año que se ha ido ha sido, en ciertas cosas, annus horribilis. La vida y la muerte han jugado al ajedrez como hacía tiempo que no y las formas de vivir han sufrido una mezcla de anestesia, incertidumbre y desconcierto. Una de las cosas que se estudiarán en años venideros será el paulatino abandono de las ciudades y el refugio en el campo y en los pueblos. Ha ocurrido como en tiempos del imperio romano al sobrevenir la peste: los que podían abandonaban Roma y se escondían en sus villas del Lazio. Londres y Nueva York están sufriendo –me cuenta un amigo cosmopolita– la mayor despoblación de habituales que se recuerde en siglo y medio. En Madrid y Barcelona también ocurre –no tan llamativamente, pero ocurre–. Y los vascos están comprando en Cantabria, que es un contento. Esperemos que no se inventen después que Santander es eukaldún.

Aquí en Mallorca se pasa más tiempo en las casas de verano, en los pueblos y en las fincas –grandes o pequeñas– de la Part Forana, que nunca. Y todos comprobamos, día tras día, el aumento de población extranjera, propietaria y no turista, por la manera de estar, de un fragmento de nuestra ciudad, nuestro pueblo o nuestra tierra. Si es que a la ciudad, el pueblo o la tierra les podemos llamar nuestros y no son meramente de alquiler (o sea de paso).

Mi generación ansiaba una Mallorca cosmopolita; nos gustaba pensar, cuando éramos jóvenes, en una isla poblada de extranjeros que le darían una vida de la que carecía. Lo que no esperábamos, como está ocurriendo ahora, es que esos extranjeros irían copando distintas zonas de la ciudad y de la isla, desfigurando el tejido económico-social, arquitectónico incluso, que conocíamos. Lo que no esperábamos es que su poder dinerario, mayor que el nuestro aunque muchos sean de clase media, nos expulsaría de nuestro territorio –a nosotros o a nuestros hijos– porque lo harían inaccesible a nuestros bolsillos. Con la complicidad, al principio, de los locales que frente al dinero no saben en qué berenjenales se meten y nos meten a los demás. Éramos unos ingenuos y todo cambia a una velocidad cuyo paso sospecho que no podemos seguir (la mayoría de los que dan clases de adaptación suele ser porque se lo pueden permitir).

Esta semana Bel Font –la hija del editor Miquel Font, que era quien editaba los pregones de La Festa de L’Estendard– ha leído el suyo en el salón de Plenos del ayuntamiento y ha hablado, leo en el periódico, sobre la manera de mirar la ciudad. Pues bien: la manera de mirarla ahora es desde la perspectiva de la ciudad de otros. La metamorfosis de Palma –y de toda la isla– sólo es comparable a la que sucedió durante la guerra con Napoleón, cuando Palma se convirtió en refugio de españoles invadidos y franceses partidarios del Antiguo Régimen. Los motivos no, pero la variedad es la misma. La diferencia estriba en que aquellos llegaron con billete de regreso y los de ahora son los nuevos mallorquines, se mezclen o no con nosotros. Repito: todo son cambios.

El hecho de que el pregón se lea el día 30 y no el 31; que se haga en el Salón de Plenos y no en la plaza de Cort, ya es un cambio –lleva así varios años– que parece que no tendrá marcha atrás. Antes había que aguantar a pie de atril un frío pelón –eso recuerdo del pregón de 1990, que leí yo por encargo de Colau Llaneras y Ramon Aguiló– y los abrigos y las vaharadas de humo eran todo uno. Las caras de pasar frío eran un retablo escandinavo. Ahora están más calientes y se oye mejor lo que el pregonero dice. Han desterrado la literatura al interior y en cambio ha dejado de hacer frío. Sin embargo el pregón de Sant Sebastià se lee en el balcón de la casa consistorial y el último que escuché fue el de la actriz Catalina Solivellas. Allí me encontré a la última amiga de mi madre, en silla de ruedas, con su humor habitual y a punto de cumplir cien años. Me habló de la soledad que se siente cuando ya no queda nadie de tu generación, una soledad distinta que no llenan tus parientes por mucho que agradezcas que estén contigo y sepas lo triste que sería no tenerlos. «Ja no queda ningú», me dijo. Y añadió: «la soledat és això, no hi ha res més». Ella, para mí, era además una metáfora y un símbolo de la ciudad donde nací. Murió al cabo de pocos meses. Y cuando desaparecen las personas que fueron tu paisaje sentimental y mutan los escenarios donde creciste y te formaste, cambia tu forma de estar en ellos. Hay ahí, también, una soledad distinta y la ciudad deja de ser real –por bonita que esté y Palma lo está– para convertirse en una especie de fantasmagoría. Cuando a eso se le añade la peste, un año como el que se ha ido, repito, se convierte en el año en que se abandonaron las ciudades, como los dioses abandonaron a Antonio en Alejandría.

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