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Diario de Mallorca

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Juan José Company Orell

¿Y tú, qué tal vas de coherencia?

Ahora que vienen esos días de pronunciarse sobre los buenos deseos que todos solemos, la verdad sin mucha convicción, lanzar a los vientos para el año entrante, me atrevería, no ya a esperar la avenida de la paz mundial, que es cosa de Mises y algo del todo imposible mientras el bípedo humano con sus inhumanidades continúe taconeando el asfalto terrestre, sino algo más al alcance, más factible; mi deseo más intimo para los próximos trescientos sesenta y cinco días es que las personas, las personalidades y los personajes se nutran, en su día a día, de la que considero ser virtud, la coherencia.

Es eso tan difícil, por lo que se ve, de conducirse de igual modo a como se piensa o se dice pensar; y es que esa forma de comportamiento es algo sumamente inusual, y se hace cada vez más difícil encontrar esa especial cualidad cuanto se empieza a ascender, o descender según se mire, en la escala de las importancias sociales. Y es que la falta de esa similitud entre lo que se dice y lo que se hace es de mayor incidencia cuando se da en aquellos que, por razón de su estatus, cargo o condición, tienen en los demás un también mayor ascendiente o influencia.

Es observable que nadamos, un día sí y otra aún más, en un mar de incoherencias y de incoherentes, de los cuales en algunas ocasiones, las más, somos víctimas y en otras, no tan pocas, colaboradores necesarios; pudimos ver un ejemplo de ello cuando se puso de moda lo de solicitar el pasaporte covid para ir de copas o de tapas; casi de la noche a la mañana los recalcitrantes del «yo no me vacuno» se pasaron al enemigo con armas y bagajes ante la amenaza de ser lanzados a las tinieblas exteriores, lejos del tardeo, de nocheo y de otros «eos» sociales; toda la coherencia del negacionismo se fue por el desagüe ante el peligro del exilio social; coherencia hubiera sido seguir negándose a que les pusieran el pinchazo aún cuando tuvieran que quedarse sin copa o canapé, lo otro es hipocresía.

De igual manera los que andan por ahí abanderando sus inalienables derechos pero que son poco o nada dados a mantener un mínimo respeto por los derechos de los demás que suelen ir empaquetados con las ligazones de las obligaciones que a todos deben afectar.

Luego están otros, mucho más ayunos de esa esperable cualidad humana, que son los que se dedican a la noble ocupación de la política; no busquen humor en el calificativo, tengo para mí que la ocupación es noble, pero sus profesionales practicantes quizá no tanto. Como muestra un botón; hace pocas fechas pude observar en la caja de los sueños televisivos las ardorosas manifestaciones de un alcalde, independentista el hombre, haciendo todo un panegírico sobre las ventajas y las bondades de la insumisión, de la rebeldía, ante las normas que no merecen respeto u obediencia, léase la Carta Magna de ese «estado ocupante» llamado otrora España; lástima que el bueno del edil municipal olvidó ilustrarnos sobre un punto esencial de su discurso, no aclaró quién debe decidir el que una norma sea justa, injusta o medio pensionista y en ese sentido si es forzoso cumplirla o no, o ya veremos; si el probo funcionario fuera coherente con su forma de pensar, es decir si se condujera en la misma línea mental con la que se pronuncia, será obvio esperar que si algún conductor estaciona su automóvil en una calle de su pueblo donde exista una señal prohibiendo dejarlo en ese lugar, o si un vecino empadronado en su pueblo decide añadir un piso más a su vivienda, porque así lo ha acordado democráticamente toda la familia del propietario, aún cuando la ampliación del hábitat familiar esté fuera del municipal ordenamiento urbanístico, el tan ardoroso defensor de que la norma no es de obligado cumplimiento cuando el ciudadano, quien quiera que sea, así lo considera, se cuidara muy mucho de tramitar sanción alguna por el incumplimiento de las normativas viaria y urbanística en cuanto a esos infractores de sus propias normas municipales; solo entonces el Señor Alcalde de marras podría ser considerado como persona coherente, de lo contrario estaríamos ante un mero farsante, que no merece mayor atención y aún menor respeto en sus incoherencias porque como diría el psiquiatra Alfred Adler, que de comportamientos humanos algo sabría, es más fácil luchar por unos principios que vivir de acuerdo con ellos.

Por eso este año, haciendo mío el pensamiento de aquella gran filósofa y pensadora, y modelo de coherencia, llamada Mafalda, deseo para el que se nos viene encima que se encuentre la cura para las deficiencias en la glándula de la coherencia humana. Amén.

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