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Diario de Mallorca

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Miqui Otero

Mano de Dios

Puede que haya una razón convincente para esperar un tiempo antes de atreverte a explicar lo más crucial que te ha pasado en la vida. Sobre todo, si te has dedicado a escribir precisamente para superarlo, para buscar vidas alternativas cuando la tuya se ha vuelto inhabitable.

La razón por la que creo que a veces es mejor esperar es la siguiente: durante esos años que dejas pasar, explicas esa historia mil veces. Se la cuentas a otros, pero sobre todo te la cuentas a ti mismo. A menudo lo haces para olvidarla y no lo consigues. O para no olvidarla, pero se te olvidan detalles que inventas. Adornas ese trauma una y otra vez, con cada nueva reacción, actualizándolo para que dialogue con lo que te pasa y sientes en cada momento. El trauma es cada vez más emocionante para quien escucha y menos doloroso para ti, que lo explicas, del mismo modo que un chiste se perfecciona con cada nueva función. Y lo que sucede al final es que ni lo olvidas ni lo recuerdas tal como fue, sino que lo escribes como si fuera la primera vez, pero con la experiencia acumulada de haber sido mil veces contado y también como si fuera lo último que vas a contar antes de que te atropelle un camión. Esto suele pasar con todo eso que no quieres explicar, para no revivirlo, pero que no puedes dejar de explicar si quieres seguir adelante con tu vida.

Quizás por eso, cineastas no necesariamente autobiográficos como Almodóvar, con Dolor y gloria, Cuarón, con Roma, o, sobre todo y ahora, Paolo Sorrentino con Fue la mano de Dios, hayan esperado tanto tiempo (hasta superar los 70, los 60, los 50 años) para contar de forma casi literal sus primeros pasos en la vida.

De todas ellas, me ha emocionado muy especialmente la del tercero de esta lista. La adolescencia de un alter ego del director en Nápoles, en esa época cuando Maradona, que podría llegar inminentemente desde Barcelona a su ciudad, era capaz de todo y él tenía todo por hacer. La película tiene una parte de neorrealismo mágico italiano, con un bullicio eufórico y bromista muy mediterráneo que, a pesar de su coralidad, logra encariñarnos con cada uno de sus lunáticos protagonistas. En la segunda, el trauma, el hueso del melocotón, donde se rompe todo. Como sucedió en la realidad, sus carismáticos padres fallecen intoxicados por el monóxido de carbono que pierde una estufa defectuosa, y él debe de plantearse dónde colocar todo ese dolor y cambiar de vida como cambia uno de ciudad cuando no aguanta más en su piel.

El protagonista, como su creador, salvó la vida porque ese día fue a ver a Maradona jugar con su equipo, un azar que en una ficción sería casi inverosímil, aunque es de lo más real (yo mismo tenía una amiga que salvó la suya por algo similar: el día anterior del atentado de las Torres Gemelas, donde ella trabajaba entonces, fue a un concierto de Michael Jackson, así que al día siguiente se durmió por la resaca y evitó el atentado).

Últimamente he leído muchas novelas de autores menores de 40 años como jurado de un premio. Todas tenían mil virtudes y algunas eran verdaderamente emocionantes. Pero no podía evitar fantasear con esas mismas historias contadas unas décadas después.

Sorrentino lo hace, en su última película. Y se parece muchísimo al Gol del Siglo, cuando Maradona sacó la mano para marcarle, en un acto casi político, a Inglaterra en el Mundial de México. Si ese gol es el del Siglo es precisamente por esa trampa y esa trampa es la ficción, lo que inventamos para explicar mejor lo que verdaderamente nos ha pasado y sentimos.

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