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Diario de Mallorca

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Antonio Papell

Chile equilibra el continente

Las elecciones presidenciales chilenas que acaban de realizarse, con el triunfo de la generación más joven de la izquierda, tienen un interés excepcional dada la compleja situación de Latinoamérica, que ha llegado a caracterizarse por la extrema confrontación entre la izquierda populista y en casi todos los casos corrupta, y una derecha desaforada que enlaza con los graves episodios totalitarios que mancharon de sangre el continente en el último tercio del siglo pasado.

Como es conocido, los dos finalistas de la primera vuelta fueron los representantes de la extrema derecha y de la extrema izquierda, que desplazaron a los partidos tradicionales de la Concertación, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, sobre cuyos hombros había discurrido el tránsito desde la dictadura de Pinochet a la democracia actual (la transición chilena duró desde 1990 a 2010). Los presagios que sugería esta confrontación eran alarmantes; sin embargo, la propia lógica de la situación ha amortiguado el debate Y tanto el izquierdista Gabriel Boric como el derechista José Antonio Kast se han ido aproximando paulatinamente al centro político del espectro a medida que se aproximaba la fecha electoral.

Finalmente se ha impuesto Gabriel Boric, al frente de una coalición de izquierdas que incluye al histórico Partido Comunista. Con solo 36 años, es el más joven mandatario chileno que ha alcanzado la presidencia de la República, y bien puede decirse que el nuevo jefe del Estado ha pasado directamente de protagonizar los disturbios de 2011 y 2019 al Palacio de la Moneda. El caldo de cultivo que ha llevado a Boric al poder ha sido la revuelta social provocada por las generaciones emergentes que no conseguían instalarse en una sociedad creada con los cánones más extremos del neoliberalismo que el pinochetismo había dejado como herencia. Como se sabe, la dictadura de Pinochet fue el laboratorio que los economistas de la Escuela de Chicago, con Milton Friedman a la cabeza, utilizaron para experimentar sus tesis. Y al llegar a la democracia, el país más rico de Latinoamérica mostraba sin embargo unas desigualdades insoportables a causa de la inexistencia de una red inferior de asistencia social que desempeñara un papel integrador y equilibrante.

El modelo chileno, que una parte de la derecha española ha tenido la tentación de emular, carece prácticamente de estado de bienestar y no dispone de ascensor social. La seguridad social es privada, y está en manos de fondos que han llevado a la indigencia a los pensionistas. La educación superior ha de ser costeada por los alumnos, que han de endeudarse a veces de por vida para instalarse vitalmente en el rol social que apetecen (en los Estados Unidos funciona este modelo, pero hay otras opciones que permiten hablar de igualdad de oportunidades). Y la baja presión fiscal impide que los ciudadanos disfruten de servicios públicos que mitiguen las diferencias sociales entre la minoría opulenta y unas mayorías sumidas en la miseria.

Boric, que sigue como es lógico la huella moral de Salvador Allende, no es sin embargo un revolucionario con un modelo de sociedad distinto, ni mucho menos un populista que siga las huellas de Cuba, de Venezuela o de Nicaragua. Todo indica que el Chile actual, que está siendo un modelo de prosperidad económica y de estabilidad política, estaba experimentando un gap insoportable entre el PIB y los indicadores de desigualdad. Y probablemente la revolución que necesita el país es la más incruenta de todas: la fiscal. Tiempo habrá de comprobar las verdaderas intenciones de Boric, pero en su programa figura una subida de cinco puntos de la presión fiscal. El ascensor social no se construye solo con impuestos y la pobreza no se redime únicamente con políticas redistributivas, pero es imposible construir un estado de bienestar sin un sector público de cierta magnitud.

Sería magnífico que Latinoamérica, que ha combatido la pobreza excesiva con revoluciones, encontrara una vía socialdemócrata de equidad social para madurar y modernizarse. Ojalá Chile, que reúne las condiciones para intentarlo, lograra la proeza.

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