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Diario de Mallorca

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Olga Merino

Olga Merino

Periodista y escritora

Anda y tómate la pastillita

La poeta Sylvia Plath abrió la espita del gas e introdujo la cabeza dentro del horno. Virginia Woolf se metió piedras en los bolsillos del abrigo antes de adentrarse en las aguas del río Ouse. Pienso en las cápsulas de Nembutal que se tragó Marilyn Monroe, en el cinturón de Robin Williams; también en José Agustín Goytisolo, en el preciso instante en que se defenestró desde su domicilio. Y ahora, en la sonrisa truncada de Verónica Forqué, muerta, según la autopsia, por «asfixia mecánica del cuello» a consecuencia de una ahorcadura. ¿Qué tormento insufrible abrasa la mente del suicida? Pido disculpas por lo terrible de las imágenes, pero pretenden justamente eso, incomodar, romper el badajo de la campana de tanto tañerla en señal de alarma: este jardín llamado mundo está registrando unos 800.000 suicidios al año, la cifra más alta en las dos últimas décadas. Desde la irrupción del coronavirus también se han cuadriplicado las lesiones medulares por intentos de acabar con la vida.

El periodista y politólogo Anxo Lugil de acaba de publicar La vieja compañera (Península), la crónica de sus 30 años de lucha contra la depresión, una de las principales causas de suicidio. Cuenta que se pasó el año pandémico, día tras día, estudiando el mapa de Santiago de Compostela por ver si daba con el viaducto idóneo para precipitarse, pues el confinamiento, la amputación de vínculos y la falta de ejercicio y oxigenación agravaron los síntomas de esa «enfermedad del alma» en que el cerebro destina la vibrante energía de sus circuitos a conspirar contra uno mismo. Hace años otro depresivo, William Styron, autor de La decisión de Sophie, describió a la perfección los síntomas del monstruo que lo atenazó desde el fondo del infierno en Esa visible oscuridad (1990): la invasión de la melancolía, la sensación de miedo y extrañamiento, la ansiedad, los estados de atroz semiparálisis, la incapacidad de levantarse de la cama, el insomnio… Asegura que de la depresión se sale pero reconoce que en el proceso desempeña un papel fundamental la «devoción casi religiosa» de amigos, amantes, familia, compañeros en el camino.

Las autoridades deben ponerse las pilas, destinar más recursos a la sanidad pública, donde escasean los psicólogos y terapeutas para el acompañamiento -no todos los bolsillos pueden permitirse la sangría de una terapia privada-, pero no es menos cierto que esta sociedad hipercompetitiva debe hacer un ejercicio individual y colectivo para erradicar el estigma de la depresión, la falta de empatía, la crueldad del «anda, ve y tómate la pastillita», como si el enfermo fuera un ser débil, un perdedor incapaz de estar a la altura de las circunstancias, un lastre, un quejica, un aguafiestas, un coñazo de quien mejor prescindir. Al más pintado puede tocarle en la ruleta: una de cada cuatro personas padecerá en la vida un trastorno mental. Al margen de fármacos, que también, al final lo único que sana es la relación con el otro.

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