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Diario de Mallorca

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Juan Tapia

Trapero

¿Sabe usted quién es Paco Pardo? Es director general de Policía desde 2018. Ahora imagínese a Paco Pardo, Pedro Sánchez y Pepa Bueno en una finca de Almería cantando, en verano y en camaradería, el Bella Ciao y otras canciones. Y que la foto circulara en las redes para mostrar músculo político. Escándalo mayúsculo, pero ¿qué coño hace el jefe de la policía tocando la guitarra con Pedro Sánchez? Algún medio incluso vería la prueba del contubernio entre Prisa, el socialismo y la policía.

Ahora cambiemos los personajes. Pongamos a Mariano Rajoy, Jiménez Losantos y el coronel Pérez de los Cobos. El independentismo se rasgaría las vestiduras ante la desvergüenza española. Pues bien, algo así pasó en Catalunya cuando el entonces president Puigdemont y el jefe de los Mossos, Josep Lluís Trapero, se reunieron con otros amigos en Cadaqués, casa de Pilar Rahola, para hacer una paella, cantar y tocar la guitarra el 10 de agosto del 2016, en pleno procés.

Algo extraño pasa cuando Puigdemont, el jefe de su policía y una conocida columnista secesionista confraternizan como amigos en privado y permiten que luego se difunda. Trapero, un buen jefe de los Mossos, fue convertido por el agit-prop secesionista en casi un héroe tras los atentados del verano de 2017.Y él se dejó querer. Y hubo conmoción cuando fue procesado por la Audiencia Nacional por su supuesta complicidad en la rebelión del 1 de octubre.

Pero Trapero es ante todo un policía con autoridad sobre el cuerpo que conoce bien la legalidad. Por eso testificó ante el Supremo que los Mossos actuaron el 1 de octubre de forma «proporcionada» y que, si los jueces lo hubieran ordenado, tenía montado un dispositivo para detener a Puigdemont y a Junqueras. Finalmente, Trapero, que había sido cesado por Rajoy al amparo del 155 (relevado por su segundo, Ferran López) y para el que se pedían 11 años de prisión, fue absuelto en noviembre de 2020 y restituido en su cargo por la Generalitat de Torra.

Pero la fuerte personalidad de Trapero -autoritario, normal en un jefe de policía, y orgulloso de su currículum- le habían convertido más en un mito que en un jefe de policía normal. Y el conseller Joan Ignasi Elena, en uso de sus atribuciones y como hacen todos los ministros del Interior del mundo, ha nombrado un jefe de la policía con el que cree que tendrá mayor sintonía. Y los nuevos mandos de los Mossos, Josep María Estela y Eduard Sallent, según solventes fuentes auscultadas, son competentes.

Pero Trapero es un mito de algo tan extraño como el procés -un imposible demostrado, pero aún venerado- y ni el propio Elena actúa con la desenvoltura -falta de confianza- con la que Marlaska destituyó al coronel Pérez de los Cobos, curiosamente el gran enemigo de Trapero el día del referéndum.

Hay quienes dicen que, al final, el procés se ha vengado de Trapero y sindicatos de Mossos creen que el cese se debe a las exigencias de la CUP. Pero, hoy por hoy, parece que la causa principal es la falta de sintonía entre Elena y Trapero y que el conseller -haciendo coincidir el cese con las nuevas medidas contra la covid- ha ejercido sus prerrogativas.

¡Ojalá sea así! No hay nadie imprescindible y los jefes de policía catalanes, como los generales españoles, no deben ser bandera de nada, sino eficaces y honestos altos funcionarios. Y seis jefes -Trapero, Ferran López, Miquel Esquius, Eduard Sallent, otra vez Trapero y ahora Estela- en cinco años es algo que no conviene a ninguna policía. Ni a ningún país.

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