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Diario de Mallorca

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Juan Soto

Juan Soto Ivars

Escritor y periodista

Me ha tocado el Gordo

La diferencia entre ser rico y pobre es que los ricos solo opinan cuando se aburren

Mientras los niños de San Ildefonso iban cantando los números mi corazón se aceleraba. Hacia la quinta bola me faltaba el aire como si hubiera lamido la cama de un enfermo de covid, variante beta. Era el match point de la película de Woody Allen: la última pelota pega en la red y, durante una fracción de segundo, puede pasar cualquier cosa. Pero el niño cantó el número correcto y el diablo había hecho girar los bombos dorados para mí. Un trozo de papel rectangular, comprado en una gasolinera de Lugo y puesto en la nevera con un imán de las casas colgantes de Cuenca, había cobrado el valor de un billete de millón y medio de euros, gracias al conjuro de cinco huerfanitos endomingados. La diferencia entre un cheque en blanco para ser rico y un trozo de papel higiénico es un coro.

Revisé el décimo cien veces y me planteé ir al oculista para conseguir una segunda opinión, temeroso de que todo fuera una fantasía. Luego me miré al espejo y no me reconocí. Estoy forrado, me dije en voz alta, forrado sin pegar un palo al agua. Pero, de pronto, el del espejo me miró de manera extraña y, como queriendo disculparme por mi osadía, chillé: ¡Está usted forrado, quería decir, mi buen señor! El del espejo sonrió complacido de que yo mismo empezara ya a tratarme de otra manera. Estaba claro que nuestros caminos se separaban desde ese mismo momento. Mi bata vieja tenía las horas contadas. El del espejo lucía la de un joven Hugh Hefner.

El miserable piso donde mi mujer y mi hijo se ven obligados a vivir conmigo, los muebles de Ikea clónicos y mil veces desmontados y vueltos a montar, los pósteres enmarcados en las paredes y, sobre todo, las manchas de humedad que componen la cartografía de la precariedad: todo esto se desvanecía. Surgían paredes de mármol y retretes de oro, domótica, muebles de diseño alemán, lámparas grotescas con luces tenues y ronroneantes calefactores de consumo ecológico, programables con el móvil. Ahora sí que iba a poder ser ecologista al fin y llevar una dieta saludable. Aunque también podría degustar todos los matices de la mejor cocaína, difícil decisión que pensé dejar para más adelante. Oí gritar a mi vecino loco y aspiré el hedor a fritanga que venía por el patio de luces convencido de que era la última vez, y saqué la cabeza por la ventana para gritar: ¡Ahí os quedáis!

He escrito en los periódicos sobre el valor de llevar a tu hijo a una escuela pública, sobre la bendición de pagar impuestos, sobre la vida agradable de los barrios y el gusto que da mezclarse con la gente en el metro, oír sus conversaciones, disolver un rato el ego en la vida de los demás. He escrito contra la avaricia de los ricos y la ambición de los corruptos, contra los rentistas de la burbuja inmobiliaria. Pero, antes de vestirme para ir a la estafeta de loterías a canjear mi nueva vida, escribí a los redactores jefe de los periódicos en los que malvendo mi arte y les mandé a todos a paseo. Desde ahora me dedicaré a la poesía intimista, me dije, mientras mentalmente repudiaba todas mis palabras publicadas y me convencía de que, en el lugar al que yo iba de camino, ya no sería necesario opinar. La diferencia entre ser rico y pobre es que los ricos solo opinan cuando se aburren.

Con el paso decidido de una Carmen Lomana con la guerra de las mil gestiones por delante, me eché a la calle. Aquella ya no era mi calle, sino una anodina normalidad, ordinaria y corriente, llena de gente gibada, indigna de mi nueva posición. La sucursal de loterías estaba, por fortuna, muy cerca, así que no tuve que cruzarme con conocidos. Allí vi a una mujer curtida por el instinto de vieja lotera y al instante supe que estaba tomando una pésima decisión. Si esa vieja arpía comprobaba mi décimo, se pondría a cacarear y atraería la atención de todo el barrio sobre mí, así que fingí que había olvidado la cartera en casa y fui a buscar un banco serio donde tratar mis asuntos financieros con cierta discreción.

Entro a la oficina del banco como la variante ómicron y exijo que me atienda el director. Pongo los pies encima de la mesa y le suelto el boleto. ¿Qué hacemos?, le pregunto. Y él, después de mirarlo con atención, responde: pues esperar al sorteo del Niño, que es para cuando vale este décimo.

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