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Diario de Mallorca

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Gaspar Llamazares

Gaspar Llamazares

Secretario general de Actúa

El riesgo del reduccionismo y de la banalización del malestar

Los trastornos mentales se han situado en un primer plano de la información y el debate público. Ello conduce a que se normalice y mejore la respuesta social y sanitaria, aunque existe el peligro de reducirlo hasta teatralizarlo

Una de cada 4 personas tiene o tendrá algún problema de salud mental a lo largo de su vida.

En esta fase final de la pandemia los trastornos mentales han dejado su lugar tradicional de la intimidad de lo personal e incluso del prejuicio y el estigma en los casos más graves como las psicosis, para situarse en un primer plano de la información, la comunicación y el debate público. El beneficio de todo ello es sin duda su mayor conocimiento público, algo imprescindible para su normalización y la mejora de la respuesta social y sanitaria, aunque el riesgo sea el reduccionismo de medicalizar o psicologizar el malestar social con la demanda de un mayor número de profesionales de salud mental como única solución, o lo que es peor su banalización y teatralización, como una parte más de la actual sociedad de la infodemia y del espectáculo sin pudor sobre uno mismo.

Porque la pandemia de covid-19 ha acelerado procesos de transformación que ya estaban en marcha en la sociedad y en el sistema sanitario, y las medidas restrictivas de la movilidad por razones de salud pública, que han evitado sobre todo males mayores como el fallecimiento o la enfermedad grave y sus secuelas, sin embargo han generado nuevos problemas como los que tienen que ver con los trastornos mentales y en paralelo han ampliado aún más si cabe las desigualdades sociales a pesar de las intensas medidas de protección social adoptadas. Factores como el duelo, el aislamiento, la pérdida de ingresos y el miedo, han agravado todos estos trastornos tanto sociales como mentales, y exigen medidas frente a los trastornos mentales y también frente al malestar social.

Ya es un lugar común que estamos saliendo de la pandemia con una mayor carga de enfermedad y no tanto con una mayor carga de desigualdad, en particular con un incremento significativo de trastornos mentales, como la depresión y en alguna de sus consecuencias fatales como el suicidio, pero por otra parte, como la propia pandemia y también los factores de riesgo, han afectado más a los sectores más deprimidos y vulnerables, ente los que se encuentran los niños, pero también otros grupos de edad y colectivos sociales desfavorecidos. Según la OMS, «las mujeres, niños, adolescentes y los adultos mayores son los más afectados de acuerdo con los estudios existentes. La pandemia de covid-19 ha sido también especialmente dura para los trabajadores de la salud, muchos de los cuales refieren estrés, ansiedad y depresión. Además, la carga académica con la enseñanza virtual, han provocado trastornos, en particular a nivel estudiantil», pero también entre el profesorado. Lo mismo puede decirse de los claroscuros del teletrabajo, pero sobre todo es necesario poner en evidencia impacto diferencial en el trabajo de los sectores esenciales y en especial en el trabajo informal que se ha producido como consecuencia de la pandemia.

También que el sistema de atención a la salud mental, que venía sufriendo un proceso de involución a lo largo de las últimas décadas, hace tiempo que se viene mostrando incapaz de dar una respuesta suficiente y de calidad, tanto a los viejos como a los nuevos problemas puestos de manifiesto en esta pandemia. A los problemas tradicionales de la atención al trastorno mental más grave, con el efectivo reconocimiento de sus derechos fundamentales y con el desarrollo de dispositivos comunitarios de rehabilitación psicosocial, así como a los nuevos trastornos descritos debidos a la transición de la sociedad analógica a la digital y que se han visto agravados como consecuencia de la pandemia.

«Según la OMS en el caso de los trastornos mentales graves, se realizan inversiones que pueden alcanzar los 1.000 euros mensuales en fármacos, y una cama de hospital supone unos 600 euros al día, cuando en atención psicosocial las cifras son mucho menores. De otra parte, estos trastornos mentales graves son la causa individual más frecuente en discapacidades de gente joven».

Sin embargo, nuestra red de salud mental, como ha ocurrido también con la atención primaria, se ha quedado a medio camino de la desinstitucionalización de las antiguas instituciones psiquiátricas custodiales, en cuanto a la creación de equipos pluridisciplinares, de centros de salud y de dispositivos intermedios de rehabilitación, pero sobre todo lejos aún del modelo de atención comunitaria integral y de prevención y promoción de salud que pretendían tanto la reforma de la salud mental como las posteriores estrategias aprobadas, integrándose como consecuencia como una especialidad más a la inercia biomédica, farmacológica y hospitalocéntrica del conjunto de la sanidad pública, por otra parte inmersa en un acelerado proceso de transición hacia la digitalización, la robótica y la llamada medicina personalizada. Esa ha sido la razón para la aprobación de la nueva estrategia de salud mental, del plan de respuesta a la pandemia y del proyecto de ley de Unidas Podemos a debate en el Congreso de los Diputados.

Por otra parte, veníamos de un proceso de transición de la sociedad productiva, analógica y sólida hacia la sociedad líquida de hiperconsumo y digitalización, con su correlato de transformación de los trastornos mentales desde la primacía del estrés y la ansiedad derivadas del ritmo frenético y las imposiciones de la sociedad moderna, hacia el monopolio de la depresión debido a la autoexigencia y exposición propias de la nueva sociedad digital.

En este sentido, no hay que olvidar tampoco que España ya era uno de los países donde más ansiolíticos, sedantes e hipnóticos se consumían antes de la pandemia, de manera que más de dos millones de españoles, una mayoría mujeres, toman estos fármacos a diario.

En definitiva, una de las corrientes de fondo de la pandemia provocada tanto por el miedo y la incertidumbre de la propia enfermedad como por las restricciones de la movilidad y a las relaciones sociales y finalmente por la crisis económica y la inseguridad laboral es la que tiene que ver con la con el impacto en la salud mental, pero también con la desigualdad y el malestar social. En este sentido no se debe confundir ni reducir la respuesta tan solo a un problema cuantitativo en la atención de salud mental, cuando nos encontramos ante una crisis de modelo social y de salud mental. Se trata sobre todo de recuperar el proyecto interrumpido del modelo comunitario de salud mental y de retomar el viejo pacto por la igualdad social y el bienestar, aunque uno y otro están íntimamente relacionados.

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