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Diario de Mallorca

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José Carlos Llop

Ramón Aguiló y la curvatura de la política

Aguiló y Llop, ayer en el Club Diario de Mallorca, durante su conversación acerca del libro ‘La curvatura de la política’. | B. RAMON

Los libros, como los cuadros, cuando llegan a una casa, tardan en encontrar su lugar de acomodo. Pasean de aquí a allá hasta llegar al lugar que les corresponde por derecho. Y mientras lo hacen nos dan algunas pistas del papel que quieren desempeñar en la gran comedia del mundo. Cuando llegó a casa La curvatura de la política, no se instaló junto a sus hermanos Escritos sin red y Crónicas de la debacle –los dos tomos anteriores de miscelánea de Ramón Aguiló– sino que lo hizo, curiosamente, junto a dos volúmenes de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós que estaban sobre la mesa del comedor. De entrada no caí en la cuenta del significado de ese emplazamiento, pero un par de días después me pareció entender la voluntad de Aguiló al recoger sus artículos en distintas antologías. No era el peso del tiempo que se va y su intento de recuperación a través de la escritura y luego de la edición, no. Había otra cosa ahí y esa cosa era una de las principales funciones y herencias del periodismo: la crónica como fundamento de la Historia. En la publicación en forma de libro de sus artículos –algo que a veces hacemos los escritores pero que nos da mucha pereza ponernos a ello– estaba la intención de contar la Historia, ésta sí a través del tiempo. ‘Así lo vi –parece decirnos Aguiló con estas ediciones– y así lo conté; ningún otro lo hizo del mismo modo’.

Pero las cosas nunca son tan sencillas, porque suelen esconder una necesidad personal. ¿De dónde nace, en Aguiló, esa necesidad de interpretar su sociedad: del hombre público que se proyecta en ella o del hombre privado que se defiende de ella? Porque así como en el primer tomo de sus artículos –Escritos sin red– el motivo de la cubierta era una ilustración de su amigo Guillem Mudoy, en los dos últimos es una fotografía del propio Aguiló la que ilustra ambas cubiertas y esto, lo crea él o no, siempre es una declaración de principios. El primero de ellos éste: ‘yo soy lo que aquí podéis leer, no otro’. Ahí hay algo sartriano –un filósofo muy de la generación de Aguiló en su juventud, la mía abominó de Sartre sólo conocerlo– y es la vocación del intelectual. Conocimos a Aguiló como político y no nos engañemos, no ha dejado de serlo: sólo ha cruzado la raya que separa al hombre de acción, del hombre de reflexión o pensamiento. Nada más: su común denominador es eso: común, el mismo. Incluso hay a veces una tentación, digamos de servicio a la sociedad o al Estado, cuando sólo está hablando de sí mismo.

En el prólogo de Crónicas de la debacle escribe: ‘me he marcado el deber, en un terreno roturado con frecuencia por el sectarismo y la trinchera ideológica –donde se reproduce la lucha política partidaria–, de transitar por los espacios de la cordura y el sentido común; de intentar desvelar las zonas de sombra, en especial aquellas que se ocultan en el propio lenguaje del poder’. ¿No me digan que –formalmente– no parece el discurso de un premier? ‘Me he marcado el deber…’ Pero sólo es una cuestión formal. Y habla de intentar desvelar las zonas de sombra –y aquí sale el lector literario que es Aguiló y por tanto el crítico literario que siempre lleva a cuestas ser lector–, las zonas de sombra, repito, ocultas en el lenguaje del poder. Sería una manera de contemplar los artículos de Aguiló: los de un crítico del lenguaje de un solo autor: el poder en cualquiera de sus manifestaciones, no sólo políticas. El riesgo y tal vez la ventaja están ahí, juntos, en el origen: el también fue poder y ejerció su lenguaje. Esto, en su caso, le concede una autoridad que otros, en el mismo caso, no tendrían. Pero también le deja un flanco al aire.

Todo esto nos da –y aquí vuelvo de refilón a Sartre– el lugar de Aguiló en nuestra sociedad ahora y que es, creo yo y guste o no (incluso a él), el lugar del intelectual. Y si no, repasen las más de mil páginas que conforman sus tres colecciones de artículos y saquen sus propias conclusiones. Sean cuáles sean, en ellas encontrarán al intelectual, alejado de sondeos, estadísticas y técnicas publicitarias –que es lo que tienen en cuenta los gabinetes de un político–, pero con sus manías, sus fijaciones y sus seducciones –todo esto es también Ramón Aguiló– y una manera, en cierto modo mosaica –la irritación de Moisés con los suyos– de contemplar la historia reciente de su país. Un país en cuya política participó y cuya política hizo, para ser después rechazado por ella. Estos libros –y antes los artículos que los conforman– son su regreso a la Tierra Prometida de la mano de la escritura política: la crónica de sus días en el desierto, que es donde estamos todos cuando nos quedamos solos. Y Mallorca, no lo olvidemos nunca, deja solos a los suyos con cierta facilidad. Digamos que la generosidad consiste en devolver esa soledad bajo la forma de la construcción de un mundo particular y ese mundo también está en La curvatura de la política, en librerías desde la semana pasada. Pero vuelvo –en realidad no me he ido en ningún momento– a la figura del que piensa lo que nos ocurre e incide en nuestras vidas y no lo vive ni pasivamente, ni con la actitud de a ver qué puedo sacar de esto. O sea, En Ramon, o N’Aguiló, como prefieran, en esta casa todos los viernes.

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