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Diario de Mallorca

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JOrge Dezcallar

El dragón y el oso se acercan

Xi Jinping y Vladimir Putin han mantenido esta semana su trigésimo séptima reunión desde 2013, que se dice pronto, con objeto de acercar posturas frente a la hostilidad que ambos perciben de Estados Unidos y de Europa y también ante el bofetón que les ha supuesto la reciente Cumbre de las Democracias a la que no han sido invitados precisamente por no serlo, cosa en la que no están de acuerdo. Como Xi le dijo a Putin durante la reunión telemática: «Algunas fuerzas internacionales con el pretexto de la ‘democracia’ y de los ‘derechos humanos’ están interfiriendo en los asuntos internos de China y de Rusia...Si un país es o no democrático, y cómo profundizar en la democracia, es algo que solo puede ser juzgado por su propio pueblo». Y añadió: «Nos apoyamos firmemente uno a otro en los asuntos que conciernen a nuestros intereses fundamentales y a la salvaguardia de la dignidad de cada país».

Las relaciones entre Rusia y China mejoraron mucho en 1994 tras el acuerdo que puso fin al conflicto del río Usuri, desde entonces han ido a más y ahora se intensifican como consecuencia también de una pandemia que ha enfrentado duramente a los EE UU con China sin que por eso haya decrecido la mala relación entre Washington y Moscú. Más bien al contrario. Y no parece inteligente pelearse con los dos a la vez.

Beijing define su relación con Rusia como «una asociación estratégica multidimensional de cooperación» que le permite obtener gas y petróleo -Rusia es su principal suministrador desde 2016- y desarrollar su comercio bilateral también en ámbito de las armas. Desde Moscú Dimitri Trevin sintetiza la política rusa con China diciendo que «nunca uno contra el otro, nunca uno siempre con el otro». Y eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo en estos momentos en que ambos se necesitan pero al mismo tiempo no acaban de fiarse del todo a pesar de la buena química personal entre Putin y Xi que durante la conversación no paraban de llamarse «viejo amigo, querido amigo».

Putin ha prometido ir a Beijing para la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno, en respuesta al boicot diplomático de EE UU y algunos otros países, y aunque la versión china del encuentro no mencionaba a Ucrania, donde la tensión estos días es muy alta, parece haber una referencia implícita cuando se habló de trabajar para «salvaguardar los intereses de seguridad de ambas partes».

Es verdad que ambos países no han firmado ninguna alianza formal pero es innegable que se están acercando y que su cooperación en temas de seguridad, geopolíticos y comerciales se afianza. También hacen frecuentes maniobras militares y ya hablan incluso de extender esa cooperación al espacio y construir una estación lunar conjunta. Un dato a retener es que Xi y Putin han hablado de crear «una infraestructura financiera independiente» para reducir su vulnerabilidad ante las sanciones occidentales. Por todo eso existe hoy el riesgo de que acaben haciendo «un Nixon» a los americanos en recuerdo de la jugarreta que Kissinger y Chu En-Lai le hicieron a Breznev en 1972 con la «diplomacia del Ping pong» que le dejó fuera de juego. Solo que ahora al revés. Sería muy mala noticia.

De todas formas sigue habiendo límites a este acercamiento y se evidencian en que China no ha apoyado la anexión de Crimea y Rusia mantiene silencio sobre las disputas en el Mar del Sur de China. Ambos pelean soterradamente por la influencia en Mongolia o en las repúblicas ex soviéticas de Asia Central y Moscú desconfía de una China superpoblada junto a extensos territorios siberianos poco habitados. Lo más complicado es que China se configura como el socio principal de la nueva relación y eso es algo que al Kremlin y a Putin les cuesta aceptar. Lo vio claro el presidente Macron cuando en una entrevista a The Economist, hace ya algún tiempo, abogaba por el desarrollo de la relación UE-Rusia con objeto de evitar la emergencia de un eje sino-ruso dominado por Beijing que convirtiera a Moscú en «un vasallo de China», una mención que debió levantar ampollas en Moscú. Pero no parece que hoy las cosas entre Europa y Rusia vayan por ese camino y es una lástima.

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