Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Fernando Toll-Messía

La banalización y los coños

Hay pocos personajes que hayan influido tan tóxicamente en la sociedad mediterránea como Berlusconi, condenado por prostitución de menores y abuso de poder. Fue un visionario de la banalización y el influjo de ésta en la manipulación de las masas. En 1978 fundó Telemilano 58 y en 1981 disponía de un lote de televisiones locales que constituían de facto una auténtica programación nacional. Entre aquellas Canale 5. En esos años las televisiones legalizadas en Europa eran exclusivamente las estatales, por lo que necesitó del entonces jefe del Partido Socialista Italiano, Betino Craxi, que le fabricó tres decretos a medida para legalizar la emisión nacional de cadenas privadas. A cambio, Berlusconi le financió ilegalmente con los fondos procedentes de la publicidad de esas televisiones. Craxi tuvo que huir a Túnez perseguido por la causa Manos Limpias. Y Berlusconi cimentó su carrera política.

El producto era el mismo que luego Mediaset desembarcó en España. Y desde 1990 no ha cambiado. El problema es el influjo de sus contenidos. La banalización. Porque los Gran Hermano, Sálvame, Supervivientes, La isla de las tentaciones y resto de programas basura dejan más secuelas que la covid. Se desnaturaliza el sexo bajo edredones con la intención de ganar el programa o de eliminar a un rival. Se hace lo que haga falta para ganarse el favor del público. Insultar, conspirar, trazar estrategias para desacreditar socialmente al rival, la degradación de la ética, o la utilización de una persona con acreditados problemas de salud mental para incrementar la cuota de pantalla: MasterChef.

Los romanos lo llamaban «pan y circo», Aldous Huxley «soma», Karl Marx «opio del pueblo», que luego derivó en «los privilegios del Partido y en el Gran Timonel»; las abejas reina son más sutiles y liberan un compuesto químico que droga a las obreras para garantizarse su lealtad. Siempre ha funcionado.

Como no hay que dejar escapar ninguna oportunidad y las nuevas generaciones no ven la tele, para eso están las redes sociales. No pueden dejar de hacerse la fotito con cara de tontas y todas con la misma postura (morritos, cadera levantada marcando cacha, pierna encogida y de perfil). Ellos, mostrando tableta, haciendo bíceps para que se vea bien el tatu y mirada de chulo. Su elaboración argumentativa se reduce a 140 caracteres, no sé si porque la aplicación no acepta más o porque es agotador por las exigencias de la inmediatez. Un clic es muy peligroso. Desactiva la actividad neuronal.

Esto es así y así será mientras no haya unos planes de estudios que fomenten las Humanidades como vehículo para alcanzar mayores cotas de formación y ciudadanos con más capacidad crítica. Más filosofía y menos prozac (parafraseando a Lou Marinoff). La banalización, además, fomenta el individualismo y éste, la desigualdad. Porque el individualismo es un factor que reduce la compleja visión del ser humano y conduce a la desintegración de la cohesión social. Fomenta los populismos. Lo explica muy bien el estudio de la revista académica American Economic Review que analiza el impacto de programas similares a los citados emitidos por Mediaset bajo el título The Political Legacy of Entertaiment TV.

Este estudio demuestra que «quienes han estado expuestos a estos contenidos desde niños, tienen un desarrollo cognitivo inferior en su edad adulta, están menos comprometidos políticamente y son más proclives a las filosofías políticas populistas». «Se desempeñan peor tanto en el cálculo numérico como alfabético».

Lo anterior resulta deprimente. Y muy contagioso. En el Congreso de los Diputados últimamente se habla mucho de ‘coños’. El precursor fue el «coño» imperativo de Tejero, le siguió el «Coño ya!!» de Labordeta, luego el de la llamada al orden de los señores diputados de Jesús Posada, el «en mi coño y en mi moño mando yo» de la diputada Onintza Enbeitia (este tiene gracia), y los dos últimos de los hiperexcitados Sánchez y de Casado.

No sabemos cómo acabará el 2021 ni lo que nos aguarda el 2022. Pero después de la crisis del 2008, la del 2011, la covid del 2020 y el volcán de la Palma, necesitamos espíritu navideño y paz. Estar en familia, besarnos mucho en núcleo burbuja, lecturas reposadas, buena música y arrancar el cable de la tele y la internet. Que nos vuelve tontos y nos excita.

Compartir el artículo

stats