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Diario de Mallorca

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Jose Jaume

Desde el siglo XX | El Borbón no vuelve a casa por Navidad

La maldición no se ha conjurado: uno sí y otro no desde el siglo XIX los monarcas descendientes del Rey Luis XIV de Francia acaban en el exilio, fenecen lejos de las Españas inexorablemente

S e encamina, víctima de descomunales errores, de albergar concepción no ya laxa sino degradada del ejercicio de sus funciones, a seguir en el exilio. Aclaremos, porque parte de la izquierda sigue sin entenderlo, resultado de lejana ceguera histórica, que Juan Carlos de Borbón no abandonó España de grado: lo hizo forzado por su hijo Felipe VI, que intenta preservar la Corona para legarla a su hija Leonor, y el Gobierno de Pedro Sánchez, decidido a impedir, lo precisó la exvicepresidenta Carmen Calvo, que su presencia en España desemboque en catástrofe constitucional. El Borbón no se fue, lo echaron con cajas destempladas. Está en el Golfo Pérsico; no hay lugar para él en la Unión Europea (UE). Ni tan siquiera Suiza es destino aceptable para quien ha hecho tanto daño a la causa, a la actual monarquía parlamentaria, tanta como la que perpetró su abuelo, Alfonso XIII, al endosar, en septiembre de 1923, el golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera, que acabó de un plumazo con la Primera Restauración. La Segunda, la presente, pervive en trance de embarrancar en los acantilados de una clase política manifiestamente inepta y de una Corona que, en lo fundamental, es incapaz de darse cabal cuenta de que se la juega a más corto plazo del que pueda preverse. Juan Carlos es un exjefe del Estado, que conserva título de rey, absurdo que contribuye a desprestigiar la Corona, que no solo abochorna, lo hace en grado sumo, pues, además, ha generado problema institucional grave. La derecha, que solo se ocupa de cómo tumbar cuanto antes al «ilegítimo Gobierno «social comunista», no se percata de que el sistema político nacido en 1978 corre serio peligro de derrumbe. Su fervor monárquico molesta en Zarzuela. Cada defensa que enuncia de Juan Carlos, de sus grandes servicios prestados, abunda en el deterioro. La llamada desafección crece, lenta, pero de forma continuada. Los cortesanos palanganeros de determinados medios anuncian, un día sí y otro también, que el anhelado retorno del Borbón se aproxima: yerran una y otra vez. Es lo que tiene empecinarse en que el deseo se imponga a la realidad

Juan Carlos no volverá a España salvo sorpresa mayúscula; no la hará porque su hijo Felipe (Letizia es y será fundamental en el desenlace) no tolera que dificulte el acceso de Leonor al trono. Tampoco lo hará porque Pedro Sánchez, con más sentido de Estado del que se le reconoce, sabe que si vuelve, se desencadena trifulca imparable. No en vano es la izquierda más allá del PSOE y el nacionalismo independentista los que urgen su presencia: no ignoran que si se les pone a tiro los cimientos de la Corona temblarán. No es mera contingencia jurídica que la Fiscalía prolongue por otros seis meses las indagaciones sobre el mal llamado «Emérito». Lo hace para ganar tiempo.

Somero repaso histórico: Carlos IV, descabalgado del trono por Napoleón, murió en el exilio, su hijo Fernando VII, el felón, se la jugó; su nieta, Isabel II, murió en París al alborear el siglo XX siendo sepultada en El Escorial casi de incógnito: su nieto, Alfonso XIII, pasó a mejor vida en Roma, amargado y desengañado por la gran cabronada que le hizo el taimado asesino que fue el general Franco; su hijo, Juan, III para los apolillados legitimistas, se quedo sin coronarse la testa. Otra cabronada del dictador, que dispuso para la ocasión de la colaboración de Juan Carlos. Ahora es éste, después de casi 40 años de reinado, el que, también amargado y bastante despechado, pena en «tierra de moros».

Hay muchas, muchas posibilidades de que sea el nuevo Borbón en morir en el exilio. Será drama familiar pasto de series de televisión y crónicas de escandalosa condición. Su preparación ya cursa. Hay que conceder que se lo ha labrado a conciencia. Ha sido fiel a la herencia familiar, peculiar legado que sacude a una dinastía que, analizando fríamente la historia, a los españoles nos ha deparado soberanos disgustos.

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