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Diario de Mallorca

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Miqui Otero

Todos conocemos a los Beatles

Nos interesa lo que vemos, pese a los ratos muertos, porque sabemos que para crear algo valioso hay que aburrirse

El novelista Kurt Vonnegut solía decir en sus conferencias que «una plausible misión del artista es lograr que la gente se sienta contenta de estar viva». Entonces, alguien del público le preguntaba si sabía de alguno que lo hubiera conseguido. «Los Beatles», contestaba siempre el genio.

Del mismo modo que no soportamos ver llorar a alguien que queremos, nos fascina descubrir cómo está triste incluso quien es capaz de lograr que nosotros no lo estemos. Que quien nos da dirección se sienta perdido. Que quien posee la fórmula del estribillo de la euforia se pelee con la prosa pocha, el bostezo rutinario y el ruido molesto de la vida.

Acaba de estrenarse el documental Get back, donde Peter Jackson ha logrado editar ocho horas de todo eso. En enero de 1969 los Beatles se dejaron grabar durante 56 horas, mientras preparaban contra reloj las canciones para una eventual vuelta a los escenarios.

Pasa con los Beatles que cada uno de sus años, como los de los perros, vale por unos cuantos. En ese momento solo han pasado tres desde que aún posaban radiantes, los trajes y las sonrisas sincronizadas. Pero ahí cada uno lleva un jersey de un color distinto y también son diversos sus motivos para estar tristes y cansados.

Nosotros estamos invitados a todo el lío del proceso de composición de las canciones y de descomposición de una amistad. Y sufrimos por cada uno de ellos porque nos han hecho felices en muchas ocasiones. Lo escribió el también experimental Thomas Pynchon: cuando cantan «she loves you, yeah», ese tú es medio mundo conocido.

Nos interesa lo que vemos, pese a los ratos muertos y los bostezos, porque sabemos que para crear algo valioso (una canción, una novela, una amistad) hay que aburrirse y porque finalmente saldrán canciones geniales (lo explicaba el otro día Máximo Pradera: esta película es como esos vídeos en time lapse, que comprimen en unos segundos el paso del invierno a la primavera). Pero sobre todo porque, lejanos y cercanos, creemos que los conocemos a ellos.

Todos nos hemos sentido uno y hemos sido otro. Rebusca en tu memoria, los tienes cerca. Paul es el genio artesano y constante, el líder no tan a su pesar que considera que hay que luchar por estar juntos porque así se podrá repetir lo que una vez pasó. Ringo, la constante risueña, el refugio comodín a salvo de la complicación, pagaría rondas para que siguiéramos juntos pero más por estar juntos que por lo que pudiéramos hacer. George es el más tímido y el más joven, el que quizás en su momento era blanco de burlas y que ha crecido, pero el resto no lo admiten y ni siquiera él lo hace, así que se envuelve en un pasivoagresivo poncho de misterio. John es el carismático, el genio diletante con bula de sarcasmo, el que considera que solo tiene talento quien es capaz de derrocharlo, el que llega siempre tarde a la fiesta (o, aquí, al ensayo) porque sabe que no hay fiesta sin él.

Sobreviven porque se burlan de ellos mismos y de lo que hacen, porque pueden tomarse a broma lo serio para descubrir si eso tan serio (una canción bonita, una amistad de años) vale la pena, porque pueden ponerse a tocar las versiones de los grupos que descubrieron juntos, porque pueden, incluso, decirse lo que sienten.

Todos somos, también, Mal Evans, el road manager de los Beatles. En un momento dado, le dejan tocar el martillo como gracioso arreglo de una canción. Pone cara de niño estrenando un mecano el día de Reyes. Está ahí, con sus amigos, aunque ellos no lo consideren tan así. Está ahí con los Beatles, como nosotros. No quiere que eso acabe nunca. Se siente contento de estar vivo.

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