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Diario de Mallorca

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No sé si es cierto que Miguel de Unamuno, bastante ducho por cierto en el manejo del tablero, decía que el ajedrez es poco para una ciencia pero demasiado para un juego. Por suerte, ni siquiera el auge de las computadoras han podido terminar con el atractivo de ese juego largo o ciencia corta que, cada vez que recrea la lucha por el título mundial, logra ocupar los titulares de la prensa. Será porque lo normal es que uno de los contendientes al menos sea ruso, algo que, en la época del imperio soviético, venía a ofrecer un campo de batalla menos arriesgado que el de las armas nucleares. Eran los tiempos en los que el norteamericano anárquico y un tanto extraviado Bobby Fischer le ganó el cetro a la máquina de pensar sobre enroques y gambitos que era el ruso Boris Spassky. Pero incluso al desaparecer el pulso más clásico, el de Oriente versus Occidente, el ajedrez supo dejar vivas sus claves geopolíticas: recuérdese lo que significó, con la mirada puesta en esa especie de torbellino de la Historia que fue el final de la Unión Soviética, el campeonato en el que se enfrentaron dos rusos de muy distinta referencia y talante políticos, Karpov y Kasparov.

Las cosas han cambiado tanto que en las partidas que se están jugando estos días con el cetro mundial por medio que es un danés, Magnus Carlsen, quien ejerce de campeón mientras que el ruso de turno, Ian Nepomniachtchi, hace de aspirante. He seguido con muchísimo interés ese cruce de talentos a pesar de que no juego al ajedrez desde que incluso las máquinas más torpes me ganan. Pero más allá, mucho más allá, de la técnica quedan intactas las claves que mantienen el juego-ciencia dentro de la parcela de lo humano. La gestión de las ansiedades y del estrés, por ejemplo. He leído que después de una partida larguísima, que batió el récord histórico de movimientos —la sexta, perdida al cabo por Nepo—, el ruso siguió las directrices de su preparación psicológica para forzar de manera rápida tablas en la partida siguiente pese a jugar con las blancas y haber elegido la apertura española, la más clásica de todas.

Se trataba de pasar página, de enterrar en el recuerdo la pesadilla del maratón anterior y recuperar frescura. Pero salió mal porque, siempre según las crónicas, en la octava partida el ruso cometió errores inexplicables que le llevaron de nuevo a la derrota. Dos puntos le saca Carlsen a Nepo, pues, cuando se escribe esta cuartilla, y el danés sólo ha perdido una vez en los tres últimos campeonatos en juego. Parece, pues, que es Carlsen quien, heredero de esa especie de temperamento de apisonadora gélida que tenían tanto Spassky como Karpov, va a llevarse una vez más el gato al agua. Salvo que recordemos a Unamuno y su convicción de que el ajedrez no es una ciencia. Ni un juego. Es una maravilla de la mente humana que, a mí, me llena de envidias malsanas.

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