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Diario de Mallorca

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Elena Neira

Elena Neira

Profesora de Estudis de Ciències de la Informació i de la Comunicació de la UOC

La Tribuna | El cine que no amaban los ‘millennials’

Ridley Scott tiene en mente la relación de antaño, esa en la que el público se adaptaba a él. Ignorar que hoy es el creador el que tiene que ir al encuentro de la audiencia es vivir de espaldas a la realidad

Una historia poco atractiva, un mal guion, elegir un momento equivocado para el estreno o una promoción poco potente suelen ser los factores que explican la mayoría de fiascos en taquilla. Ridley Scott acaba de añadir otro motivo a la lista: la apatía de los millennials. Su falta de voluntad para ver algo que no esté en sus móviles es, según él, la explicación de los pésimos resultados de The last duel, uno de sus últimos trabajos.

Este drama medieval, que adapta la historia real de dos nobles que se baten en duelo después de que la esposa de uno de ellos acuse al otro de haberla violado, apenas ha superado los 28 millones de recaudación en todo el mundo, desde su estreno a mediados de octubre. Estos resultados, para una producción que costó más de cien, constituyen un rotundo fracaso comercial. Ni su aclamado director, ni las estrellas de Hollywood presentes en la cinta (Matt Damon, Adam Driver, Ben Affleck y Jodie Comer) o el tema que trata (una suerte de #Metoo en la Francia del siglo XIV) han evitado el fiasco económico, algo que ha escocido al director de películas de culto como Blade Runner, Alien y Gladiator.

Ridley Scott, acostumbrado a reventar la taquilla (no a naufragar en ella) no ha tenido ningún reparo a la hora de señalar al verdadero culpable de ese resultado durante una entrevista con Marc Maron en el podcast WTF. El problema, según él, no tiene nada que ver con el miedo a espacios cerrados tras la pandemia, ni con la película (que encantó al estudio) ni con su promoción (excelente en su opinión). La culpa la tiene la apatía de parte de su público potencial, esa generación nacida entre los años 80 y mediados de los 90, multipantalla e hiperconectada: los millennials. Este segmento de población por el que pelean la mayoría de negocios digitales es, en opinión de Ridley Scott, una generación cinematográficamente perdida. «Hoy tenemos al público que se crio con esos malditos teléfonos móviles, los millennials, que no quieren que se les enseñe nada a menos que se lo digas en su teléfono. Estamos en una dirección equivocada, creo».

Ridley Scott ha trabajado en Hollywood lo suficiente como para saber que no se puede esperar el éxito de una película que no logra conectar con el público. Pero él tiene en mente el tipo de relación de antaño, esa en la que el espectador se adaptaba a él y no a la inversa. Ignorar que hoy es el creador el que tiene que ir al encuentro de la audiencia es, sencillamente, vivir de espaldas a la realidad del entretenimiento actual, sobre todo ante una generación (esos millennials a los que Scott culpa de sus males) a la que se pide un esfuerzo cuando está completamente rodeada de alternativas infinitamente más cómodas. Scott, en su lectura, también ignora un elemento emocional que condiciona profundamente la decisión de ir al cine en la sociedad pospandemia. Los espectadores ahora se inclinan hacia géneros más amables o hacia la acción más facilona, buscan evasión, no preocupaciones, y evitan todo aquel contenido que implique sufrir. Una historia dramática clásica, como la que propone The last duel, está en las antípodas de estos parámetros.

Hollywood se ha encargado de alimentar un rentable mecanismo de satisfacción inmediata, el monstruo de los taquillazos y el modelo de entretenimiento basado en la adrenalina para traer a sus redes a los jóvenes adultos, la generación de atención esquiva que asiste de manera esporádica al cine a vivir una experiencia, esos espectadores que marcan la diferencia entre un exitazo o un resultado mediocre. Que el duelo de The last duel sea más metafórico que real es parte del atractivo de la película y, a la vez, lo que más ha jugado en su contra. Plantea al público otro tipo de experiencia, una que exige procesar una historia lentamente, a observar, a apreciar los matices de cosas que muchas veces apenas se intuyen. Lo tiene todo, menos la chispa. Ridley Scott parece haber olvidado que el cine, hoy más que nunca, necesita una pequeña dosis de entretenimiento. Él, mejor que nadie, debería saberlo.

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