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Diario de Mallorca

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Juan José Company Orell

Maniatar la memoria

En ocasiones hay sustantivos que no maridan demasiado bien con el calificativo que se les adjudica, ya saben Ustedes lo de la manida consideración que dice que inteligencia y militar son términos contradictorios, idea fuerza que además viene en ser desmentida por el bagaje cultural e intelectual con el que salen los alumnos de no pocas academias militares. Ahora se trata de acompañar al término ‘memoria’ el adjetivo de ‘democrática’ en la titulación de una ley que pretende poner punto final a una situación que sigue larvada muy profundamente en nuestra sociedad, y prueba de ello es la propia existencia de ese, todavía, Proyecto de Ley.

Vaya por delante que opino que mientras quede un solo hueso de un asesinado en cualquier recodo de un camino o junto a la tapia de un cementerio, mientras haya alguien que no sepa dónde están los restos del padre de sus padres, no se habrá cerrado la herida abierta en el 36, no cerrada en el 39, tampoco en el 78, y está por ver su evolución clínica en éste dos mil veintiuno; así que la pústula sigue supurando; pero en paralelo mientras no adjudiquemos a las víctimas de la violencia habida entre el 36 y 39, o si se prefiere a las del periodo anterior al conflicto civil y después de él durante la dictadura, igual cualidad, igual respeto, igual consideración, esa laceración no curará.

Una somera lectura de las definiciones de nuestro diccionario de los vocablos ‘memoria’ y ‘democracia’, que derivan en el titulo de la redicha norma, ya conduce a albergar serias dudas de que la combinación acierte en su pretensión; la memoria que eminentemente va referido al recuerdo, es algo condicionadamente personal, solitario, sumamente subjetivo, a veces compartida pero a veces egoístamente particular, mi hermana y yo mismo tenemos en la memoria recuerdos distintos sobre los mismos sucedidos familiares; contrariamente a esa condición de intimidad del recuerdo, la democracia versa sobre un elemento, nada personal sino político-social del concepto, si me apuran aún filosófico, pero que impregna, o pretende impregnar, al conjunto de la sociedad. Y es que si convenimos que la sociedad está formada por el conjunto de individualidades, y si llegamos a la lógica conclusión de cada uno de esos individuos tiene su propia faltriquera memorística el pretender uniformidad en algo tan resbaladizo como los recuerdos de cada uno es algo muy falto de la necesaria ponderación, equilibrio y razonamiento. La memoria personal no puede legalizarse o ilegalizarse y el intentar apañar una memoria colectiva de oficio se me antoja algo arriesgado sobre todo cuando trata de lo recordado de una guerra fratricida porque como indicaba Nietzche la guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido, idea que pergeño bastante antes de que se firmara el Tratado de Versalles, receta básica que condujo indefectiblemente a una segunda guerra civil europea.

Como a mí no me gusta manifestar mi parecer sin documentarme antes, he procedido a leerme el anteproyecto de Ley, ignorando a día de hoy si ese va a ser el texto aprobado, o no, en Las Cortes. No les voy a comentar el texto, ya habrá doctores que se afanen a ello, pero sí les voy a decir que me he quedado con dos frases, la primera viene en la exposición de motivos, en la cual se indica que la historia no puede construirse desde el olvido y el silenciamiento de los vencidos; esa idea por más que noble merece análisis en cuanto a la forma de participio del verbo vencer; ¿quiénes son los vencidos, solo los que capitulan o los que se rinden o por el contrario son los que se dejan la vida, física o social, en el conflicto? Si acordamos que las víctimas de primer grado de la pelea a garrotazos entre hermanos que perpetraron nuestros antepasados entre el 36 y el 39, son los muertos, todos los muertos, cualquier muerto, entonces la idea fuerza tiene todo mi apoyo, pero no debe ser así porque un poquito más adelante la norma aclara, no sin caer en contradicción, que se considerará preferentemente víctima a «las personas privadas de libertad o que padecieron deportación, trabajos forzosos o internamientos en campos de concentración, colonias penitenciarias militarizadas, dentro o fuera España, y padecieron torturas, malos tratos o incluso fallecieron, por su defensa de la República o por su resistencia al régimen franquista dirigida al restablecimiento de un régimen democrático». Y en ese párrafo es en el que se traslada el concepto de víctima, de víctimas, desde su vertiente humana a la puramente política, pues lo que convierte en víctimas oficiales no es el hecho de ser masacrado sino que lo definitorio es la dirección que traían las balas asesinas; y uno se pregunta si por ventura existe en nuestra tierra todavía de hoy alguien que considere, por ejemplo, que García Lorca y Muñoz Seca no son víctimas por igual de la barbarie.

Acabada nuestra guerra incivil los vencedores culparon de todo a los derrotados y en base a ello escribieron su historia, ahora se pretende que el péndulo recorra el camino contrario, olvidando que dos errores no se convierten en un acierto; lo uno y lo otro parten de la misma injusta posición de que unas son más víctimas que otras, y así no cierran heridas porque los «suturadores» de ahora debieran saber que para cerrar una herida los puntos de sutura deben unir las dos riberas de la sajadura y no pespuntear un solo lado de esa herida. Ese error ya lo perpetró la dictadura, no parece inteligente que también lo cometa la democracia.

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