Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Alex Volney

Ponte la vacuna y reza

La escritora francesa Yasmina Reza

Han coincidido en el tiempo la aparición de la última novela de una de las autoras más potentes del panorama francés con la variante llamada «sudafricana». Se ha vendido el libro a base de tópicos o anunciando la polémica, como para dar permiso a un judío de lo que debe pensar sobre el pueblo judío, intentando estandarizar el pensamiento. Gregarismo intelectual en ciernes. El segmento llamado progresista sigue en crisis en esta vertiente hasta convertirla en acusada pendiente, todo un lujo.

Por otro lado despuntan los totalitarismos de derechas haciendo alardes de «libertad de pensamiento» ante el grave descuido de la gauche divine. Por suerte la literatura sigue viva en sus referentes, ayuda a abrir los ojos cuando se está durmiendo. Que ya lo saben, no era lo mismo estar dormido que estar durmiendo…Y al despertar, la consagrada autora sale airosa de otro salto mortal novedoso y sin caer en lo fácil. Se le atribuye un humor bien negro y un sarcasmo paralelo a los raíles de los vagones de Auschwitz en lo que es una llamada de atención publicitaria de lo que es un gran libro. Aparentemente ligero y desprovisto de respeto cuando para nada es así y resulta todo lo contrario. Un rotundo golpe sobre la mesa. Contundente y elegante aviso en la tierra que ha visto nacer a esta autora de origen judío y persa. Obra nutrida con trazos generosos de lo que se puede entrever como autobiográfico. Escritora que no necesita ningún tipo de presentación ya desde hace años en su dilatada carrera de dramaturga y de novelista. Pensadora insobornable analizando y escrutando el presente más inmediato en una sociedad, la francesa, que en muchos aspectos va muy por delante de las problemáticas que envuelven poco a poco, todo el continente.

Llegan las traducciones en las lenguas oficiales, semanas antes que confirme su pintoresca candidatura el periodista y escritor populista Zemmour en un panorama electoral galo, a la vista, con cada vez menos opciones para que la llamada izquierda pueda llegar a una segunda vuelta. Cesare Pavese lo había dejado escrito: «América no era otro país, otro comienzo, era tan solo el gigantesco teatro donde se representaba, con mayor franqueza que en cualquier otro lugar, el drama de todos nosotros» y la verdad, que ese secular flujo proyecta su efecto rebote con algo de retraso. (Seguro que las convulsiones del loco blanco del tupé nos estarán rebotando). Mientras Biden no consigue llegar a porcentajes decentes de vacunación, lo que supone una auténtica estadística en la intervención de voto, aquí, en la parte occidental de la Unión, parece que la frustración, el descontento y la indignación van a ser canalizadas, de nuevo, ante la inacción de la autoproclamadísima progresía. Siguen encantados de haberse conocido, por supuesto. En cualquier convención, congreso o mitin podrán comprobar que no dedican un solo minuto a la autocrítica. La derecha más fascista los ha llevado a su terreno fangoso y la derecha un poco menos fascista va poniéndose el traje del pragmatismo que vuelve a salir al terreno de juego. Una sociedad reflejada talmente en la trama de este último libro, aviso para navegantes regado de ese humor inteligente tan escaso y difícil.

Aquí, en casa, una admirada política, con cargo, de izquierdas (y sin cuento) intercambiaba cuatro ideas ante la insumisión de esos no vacunados adultos. Servidor cree que no es normal ni correcto que lo paguen los más pequeños cuando hay cuatro millones de irresponsables. Los médicos deben decidir si se vacunan o no. Los facultativos que son los mismos que cuando hay riesgo suelen ser los primeros en desaconsejarlo. Ante este mini debate improvisado, la reflexión de esta admirada diputada consiste en dar la culpa a la libertad individual que esgrimen algunos y esos temerarios, no duden señores políticos, ejercen todo lo contrario. Ante un cobarde y anónimo gregarismo de manual, se va creando confusión absoluta y ante esto es precisamente el derecho a la sagrada libertad individual, lo que nos empuja con cierta cordura a ir los primeros a vacunarse como única defensa. Puede que incompleta, pero es la única arma de la que disponemos. Como el destino de los Popper en la novela. Nunca la libertad individual (garantizada) ha puesto en peligro a la mayoría, al contrario siempre es el gregarismo, de cualquier color, el que ha fraguado los peores desastres humanitarios.

Cuando más grande se ve a la nación judía, precisamente, es cuando cada judío vive el judaísmo de forma individual, a su manera. Vivir cada uno su judaísmo. La señora Yasmina Reza nos hace un interesante y divertido guiño ante algo muy serio. Ataca la banalización de la mano del protagonista, Serge, que evoca a la auténtica fuerza que mueve el mundo y que para nada es el sentimiento de nación, el tribalismo o ni siquiera el bien entendido individualismo. En el último tramo de este recorrido literario con una sola idea principal se resuelve la ecuación. Despeja la incógnita que mueve el mundo.

La sociedad sigue en deuda con todo el personal sanitario. Nos harán creer que hoy y en este tronado gregarismo que nos envuelve ¿Realmente, por cuatro millones de irresponsables adultos, y para que no se echen a perder las dosis, (mientras África las necesita), están seguros que se debe vacunar a los más pequeños? Los peques contagian. ¿Y los hooligans anónimos no deben pasar cuentas ni con ellos mismos? La comunidad científica debería pronunciarse sobre esta, poco clara, decisión. Recomendación: Serge de Yasmina Reza. Anagrama. Póntela, pónsela.

Compartir el artículo

stats