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Diario de Mallorca

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Vaya por delante que mi opinión no puede ser objetiva; tampoco lo pretende. Pertenezco al Real Club Náutico de Palma desde mediados de los años sesenta, cuando aun se distinguía entre las dos sedes sociales —la de los pobres y la de los ricos, por mucho que esta memoria histórica trasgreda lo políticamente correcto y escandalice a los melindrosos. Yo me sentía, cómo no, mucho más cómodo en la de los pobres pero la de los ricos era la que organizaba las regatas que, teniendo cosa de dieciséis años, me hicieron descubrir lo que era en verdad, con todos sus retos, sus alegrías, sus miedos, sus agotamientos y sus pasiones, la lucha con la mar.

Para mí el club náutico nunca fue el lugar al que acudir a tomar una copa con los amigos. De hecho, perteneciendo ya a la junta directiva en la que me metió el navegante y pintor de navegantes Nicolás Forteza cuando era presidente del RCNP, le sugerí que la vida social del club sería mucho más pacífica y armónica si se cerraba el bar. Se trataba de una boutade, por supuesto, porque era allí, en esos salones, donde se hablaba de la vela y se planeaban todas sus contradicciones.

Con la bandera del RCNP a bordo del Iria gané las muchas o pocas regatas que me fueron bien; algunas ya históricas como las Mil Millas a Dos en cuya primera edición, la de 1980, participamos con éxito el llorado Miguel Estela y yo. Aún ganaría otra, con Guillermo Pascual, en 1984. De las tantas otras pruebas en las que, con mayor o menor suerte, navegué casi siempre con Pedro Perelló como compañero, ya me acuerdo cada vez menos. Pero esa memoria recuperada viene a cuento cuando leo en el Diario de Mallorca que, ahora que procede renovar la concesión de los amarres otorgada en 1978 y prorrogada en 1992, la abogada general del Estado se opone a que el club siga en manos de quien siempre ocupó sus edificios y pantalanes. Parece que el argumento es económico: se lograría más dinero sacando a concurso la concesión porque algún grupo financiero, o a lo mejor un jeque de los del petróleo, puede verse tentado por el historial de lo que ha supuesto el Real Club Náutico de Palma hasta ahora.

Menudo chasco. Si yo creía que en el mundo entero existía algo capaz de escapar a la bazofia de los petrodólares se trataba de los bordos en busca de un puerto lejano. Pero el dinero que es ajeno por completo a la búsqueda de barlovento manda hoy en el universo de las regatas, con el ejemplo bien claro de trofeos como la Copa América. Hace cosa de un siglo el duque de Edimburgo dijo que las regatas a vela eran el medio más lento, más incómodo, más húmedo, más fatigoso y más caro que existe para llegar a un sitio en el que, por lo general, no tienes nada que hacer. Hacen falta instituciones como el Real Club Náutico de Palma para que ese disparate que locos como yo añoramos siga siendo así por siempre.

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