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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

Por el respeto a las minorías informativas

La pasión devoradora por los vídeos de gatos debería dejar un hueco para los interesados en los asuntos meramente humanos

La previsión de que la información por internet mejoraría a la especie humana es hoy tan incierta como las vacunas con un noventa por ciento de efectividad. Un marciano de visita detectaría una creciente ansiedad, pero no una bondad o beldad acompasadas al consumo tecnológico. Es fácil ponerse de acuerdo en el predominio a escala digital del negocio del sexo, como única actividad que justifica la presencia de seres humanos en el planeta, y que probablemente justifica la quinta parte del tráfico.

La situación se complica con los vídeos de gatos. La pasión devoradora por estos inocentes pasatiempos debería dejar un hueco para los asuntos meramente humanos, por mucho que su audiencia limitada invite a arrinconarlos casi antes de exponerlos. Los pedagogos digitales defenderán que los felinos caseros atraen a los clientes a asuntos más arduos, lo cual es falso más allá de identificar a un gato con la mayonesa.

La información siempre se transmitió a distancia. El problema de adaptación digital debería enseñarse con los médicos, sustituidos en breve por el telediagnóstico. O con los jueces, desplazados también por algoritmos para compensar su propensión a dictar condenas más severas cuando están en ayunas. Pese a ello, el periodismo también sufre el vértigo de la aclimatación. Ningún profesional puede escandalizarse sin hipocresía ante los arrebatos de sensacionalismo, la diferencia radica en la asfixia de las clases medias informativas. En el cine ya ha ocurrido, o superproducción/blockbuster o las migajas.

El error inicial procede de la definición. En contra de la aspiración quijotesca a la universalidad, un medio informativo es una comunidad concreta de seres libres bajo el «plebiscito cotidiano» que Renan y Ortega adjudicaron a la nación. Este grupo no es excluyente pero goza de contornos definidos, que a menudo se trazan al transgredirlos. El sentimiento de pertenencia no implica homogeneidad, y el medio acoge excursiones fuera del canon, en formatos ejercidos por el caricaturista o el columnista histriónico.

La web presume de servirte todo lo que sabes que te interesa, un periódico obraba la magia de ofrecerte lo que no sabes que te interesa. En contra de la materialización de la biblioteca universal del Borges, los medios clásicos cumplían su cometido ensanchando los horizontes de sus lectores, la estrechez de miras define al consumo actual. Los antiguos operaban de acuerdo con la tesis del «pequeño empujón» o codazo que postulaba Cass R. Sunstein, antes de dejar Harvard para enrolarse en la Casa Blanca de Obama.

Las técnicas caseras para seducir a una comunidad limitada han sido reemplazadas por la voluntad a menudo explícita de conquistar a todos los consumidores de información del planeta, a riesgo de decepcionarlos con igual unanimidad. Ha desaparecido incluso la pretenciosa voluntad de influencia. Se ha llegado por la vía electrónica al enunciado de Berlusconi para la televisión clásica, «mi programación consiste en rellenar los espacios entre los anuncios de lavadoras». Si Sua Emittenza hubiera descubierto los vídeos de gatos.

En este punto siempre habrá un erudito que enarbole «el modelo del New York Times», con sus ocho millones de suscriptores digitales. En primer lugar, sorprende el entusiasmo que generan las tácticas del periódico de los Sulzberger en quienes nunca lo han leído. En segundo lugar, la cabecera neoyorquina se sustenta en 1.700 periodistas repartidos por 160 países, que son 2.700 en el caso de Bloomberg y hasta 4.100 trabajadores de rango indistinto en la agencia Associated Press. Esta potencia de fuego dinamita lo cuantitativo hasta convertirlo en cualitativo. Han creado su propio universo, un optimista concluiría que se han blindado frente a los vídeos de gatos.

En tercer y más modesto lugar, si todos los supervivientes de la galaxia periodística se concentran en torno al New York Times y reconozco que su esfuerzo lo merece, quién va a leerme. En otro tiempo se defendería la necesaria traducción a la proximidad, que no es un idioma sino una situación compartida. Sin embargo, internet aspira esencialmente a crear la visión única que suprima a todas las demás. Ha llegado el momento oportuno para suplicar, ya que no exigir, el respeto a las minorías informativas.

«No interesa» debe ser la expresión más repetida en la actualidad, el germen de la cancelación. Sin embargo, Chris Anderson postuló en 2004 en Wired la economía de «La larga cola», donde los productos hegemónicos podrían convivir en armonía con una oferta minoritaria cada vez más dilatada, y que lograría la acogida indispensable para su supervivencia. La red permite localizar las películas más recónditas de Buñuel, pero se necesitaría un optimismo de dimensión casi tecnológica para concluir que se ha alcanzado un equilibrio razonable.

La esfera digital ha corregido vicios periodísticos que deberían haber desaparecido décadas antes de la era vigente. Sin embargo, la doctrina del aplastamiento informativo conlleva los efectos inevitables de pensar con un aparato que por algo se lleva en el bolsillo trasero de los pantalones.

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