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Ramón Aguiló

Escrito sin red | Un filisteo

Pablo Casado ha arremetido duramente, sin mentarlas, contra Isabel Díaz Ayuso y Cayetana Álvarez de Toledo en la ceremonia de clausura del congreso del PP andaluz: «Somos una orquesta afinada y armónica, aquí no caben los solistas, no la suma de planes personalistas, el personalismo no cabe en el PP»; «somos demasiado importantes como para poner por encima de nosotros los intereses de cada uno y arriesgar nuestra responsabilidad en una hoguera de vanidades que no conducen a ninguna parte»; «esto no es un talent show de megalomanías»; «esto es un instrumento para mejorar la vida de la gente, y requiere de humildad, de unidad, de tener las cosas claras y dedicarnos a lo nuestro, que es solucionar los problemas que tienen nuestros compatriotas».

La respuesta de Ayuso ha sido conciliadora, está de acuerdo con Casado en que lo importante es mantener la unidad. Aunque la espontaneidad, frescura y capacidad de asumir riesgos de la presidenta de Madrid contraste con el tono cauto, previsible y conservador de Casado, ambos tienen en común aquello en lo que consiste la llamada cultura de partido; ésta en la que se han formado desde su juventud, ésta que les ha proporcionado un medio de vida, sin ninguna otra experiencia laboral. La de Álvarez de Toledo ha supuesto, otra vez, poner en cuestión la capacidad de liderazgo de Casado, con el atrevimiento y la libertad de quien se ha labrado por sí misma la independencia que le permite ser un verso suelto, una persona libre: «Casado confunde personalidad con personalismo»; «llama divismo al liderazgo»; «no puedo imaginarme a un Leonard Bernstein quejándose de tener a grandes figuras solistas en las orquestas que ha dirigido»; en resumen, acusa a Casado de carecer de capacidad de liderazgo. De Álvarez de Toledo se ha llegado a decir de todo, desde la derecha hasta la izquierda: elitista, soberbia, prepotente, etc. La izquierda reaccionaria ha visto en ella la prefiguración de lo que odian todos los filisteos, la inteligencia; para ello no ha dudado en calificar con sorna, a quienes comparten sus ideas sobre la libertad y la igualdad, de «cayetanos». Quizá nunca haya sido tan adecuado citar algunos aforismos de un escritor como el gran Gómez Dávila, como en el caso de Álvarez de Toledo: «Para defender a una nación se necesitan ejércitos; para defender una idea basta un solo hombre»; «no ambicionemos poseer conjuntos armónicos, sino reflejos intelectuales correctos»; «la inteligencia tiene el deber hoy de pelear hasta el fin batallas de antemano perdidas»; «la lucidez es el botín del derrotado»; «la inteligencia que no despierta hostilidad es anodina». Se podrá estar o no de acuerdo con Álvarez de Toledo, de hecho, coincido en algunas cosas y discrepo en otras, pero entre las embestidas filisteas y su coherencia intelectual y política, me quedo con ella.

Las palabras de Casado son las de un profesional de la política. Su carrera política, desde muy joven, ha transcurrido bajo las alas protectoras de su partido. Su carrera académica es imposible separarla de su militancia. Queda sin ninguna explicación plausible el que pudiera aprobar en un solo año la mitad de las asignaturas de derecho. Fueron los jueces los que le salvaron de las incógnitas que rodearon la obtención de un máster en fiscalidad autónoma en la misma universidad en la que Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno en Madrid, y Carmen Montón, ministra de sanidad con Sánchez, lo obtuvieron fraudulentamente por influencias de sus respectivos partidos y tuvieron que dimitir. Las dudas académicas sobre Casado (nunca se pudo acceder a su máster) son las mismas que acompañan la trayectoria de Sánchez en una universidad privada (tesis doctoral ampliamente plagiada) con información falsa de detectores de plagios.

Es cierto que Álvarez de Toledo ha entrado en descalificaciones personales a Casado en su libro Políticamente indeseable: «e parecía un hombre de empatías variables. Un camaleón sentimental; lo que castizamente se llama un veleta; son tantas las ganas de agradar y quedar bien con todo el mundo». Pero tiene la valentía de decirlo a cara descubierta. No es el caso de Casado, que embiste a Díaz Ayuso y a Álvarez de Toledo sin nombrarlas. Es una vieja técnica utilizada en el PP de Rajoy. Se refería el indolente notario a la persona de Luis Bárcenas, a preguntas del periodista, como «esa persona de la que usted me habla» en un intento, no sé si pueril, de disociar al tesorero del PP y a sus papeles de la contabilidad del PP. Ni solistas ni planes personalistas. Es decir, si el PP, como el resto de partidos son agrupaciones de cargos públicos y aspirantes a serlo, reclutados, en una gran proporción, entre arribistas y ganapanes sin más méritos o habilidades que moverse como peces en el agua en la compraventa de puestos y cargos a cambio de votos para ascender en la jerarquía de la burocracia partidaria, no hay camino más provechoso para agrupar las ambiciones insatisfechas que señalar como sus enemigos más acérrimos a aquellos con relevancia personal. Así, se disfrazan los celos, fruto de las inseguridades que anidan en el corazón de los falsos líderes; y se construyen los pilares del poder personal. Exactamente igual como se hacía en la república de Roma: explotando el resentimiento contra los favorecidos por los dioses.

No cabe ningún personalismo en el PP. Excepto el personalismo de quien lo dirige, que no tolera competencias. Ése sí cabe. Los intereses de Álvarez de Toledo o de Díaz Ayuso alimentan la hoguera de las vanidades. El interés de Casado alimenta el sacrificio de una militancia entregada al anonimato de las libertades públicas y del bien común. Frente a las megalomanías de Díaz y Álvarez, la humildad impostada de un hipócrita. Casado, revistiéndose de falsa humildad franciscana, acusa, sin decirlo, a las dos solistas de soberbia, entre aplausos generalizados de los filisteos, de los fariseos y de los arribistas, que atisban que el futuro, su futuro, está a salvo de las asechanzas de unas élites pretenciosas que aspiran a que el desempeño público sea para quienes reúnan los méritos para ello y no para los humildes y esforzados mercaderes de votos. Casado es su líder.

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