Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Cierto es que vivimos en un ámbito extensivo de regulación que intenta cubrir hasta las actividades más ignotas de sujeto de aquellas y ello a pesar de que la comprensión del ciudadano, en cuanto a su entendimiento, es sumamente limitada, minusvalía cognitiva que ya debió de percibir el Sumo Hacedor, convertido en el Yahvé del monte Sinaí, cuando resumió sus leyes al número de diez, pero eso es otra historia.

Ahora, dicen que dicen que la primera entidad reguladora, con permiso de Las Cortes, de este terruño, que es el ejecutivo de la nación, va a pensarse una norma nueva de cómo tratar a los animales de compañía y asuntos relacionados; desconozco los particulares y los detalles, aún cuando algo he oído sobre el asunto y tal parece que ahora nos van a enseñar a comportarnos con nuestros compadres del resto del reino animal; no quisiera aparentar prepotencia pero creo que tengo algo más que experiencia en ese especial trato entre humanos y casi humanos pues en mi familia hemos tenido, desde que tengo uso de razón, si es que alguna vez la he ejercitado con propiedad, perros, loros, jilgueros, gatos, alguna cabritilla y hasta palomos y gallos, y gracias a mi experiencia puedo asegurarles dos cosas: que todos ellos han sido tratados a cuerpo de rey, sin norma alguna que nos obligara a ello, y que algunos de ellos, mayormente mis amigos los perros, me han demostrado más bondad, cuidado, educación e inteligencia que algunos humanos o humanoides que me he encontrado por esos mundos y que de cuando en cuando se nos aparecen en las noticias o en las redes sociales, cuando no están caídas. Qué acierto demostró hace ya unos siglos el desastrado Diógenes el Cínico, cuando acuño aquella sabía sentencia en la que aseguraba que cuanto mayor era su conocimiento de los hombres, mayor era la estima que sentía por su perro.

En mi caso particular y por más de cuarenta años, siempre he gozado de la compañía, la amistad y el cariño de mis amigos cánidos y no es infrecuente que mencione mi intención de, en caso de reencarnación, que esta se materialice en la forma de perro, siempre que el reencarnado viva en mi casa, pues será garantía de buena vida, cuidado, libertad y espacio para correr y perseguir pajarillos y es que puedo presumir de que mis perros tienen muy poco que envidiar de otros animales, cuadrúpedos y bípedos. Vaya pues por delante mi aplauso y alegría por cualquier normativa que implique mayor respeto y protección para esos seres que tanto nos regalan y tan poco piden.

Pero es que además se propone en esa, aún gestándose, norma que para poder ser propietario de una mascota deberá el postulante a tal condición someterse a un cursillo para aprender su «Tenencia responsable», al tiempo que al parecer se limita el número de posibles mascotas, que no podrán ser más de cinco; admito mi total ignorancia en cuanto a la causa o motivo de ambas reglas pero asumo que la intención sea proteger también, con ello, al resto de los habitantes; pero claro (siempre hay algún pero) en los tiempos que corren tal parece que se corre más riesgo de ser atropellado, por calles y aceras, por un patinete o una ecológica bicicleta, que te pueden dejar con la crisma rota o una pierna a la virulé, que de pisar alguna cagadita de mascota, que se quita con su simple limpia mediante conveniente arrastre del calzado, y que hay más peligro de ser agredido, en la rúa, por algún rebelde, con o sin causa, que de ser mordido por un perro; sin que esa apreciación disminuya un ápice la responsabilidad del tenedor del can que defeca en la vía pública o que apetece de masticar tobillos y pantorrillas de viandantes.

No soy, ni muchísimo menos, contrario a que se regularicen las conductas de la ciudadanía y sus responsabilidades, todo lo contrario; siempre he considerado que el grado de disfrute que otorga la compañía de nuestros amigos de pelo largo va parejo a una igual sino superior responsabilidad tanto en su trato como en su comportamiento; pero si de dar cursillo formativos se trata, con el objeto de someter a aprendizaje al que aplica a la condición de tenedor responsable de algo, para que obtenga los debidas adecuados conocimientos, condiciones y aptitudes para tal condición, qué tal entonces si se propiciara igual tratamiento escolástico a los progenitores o tutores de los que van por la vía pública, también dejando porquería incluso de mayor calibre que los caninos mojoncitos, causando con ello mayor distorsión que algunos de nuestros peludos compañeros; pintarrajeando y ensuciando paredes, o conduciendo sus eléctricos patinetes, por calles y aceras, como si fueran Marc Márquez en Montmeló. Yo ahí lo dejo, por si alguien recoge la idea.

Compartir el artículo

stats