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Pedro Coll

Objetos

Interpretación digital libre de dos pequeñas copas. Pedro Coll

Rebuscando donde suponía que las encontraría han aparecido esas dos pequeñas copas de licor, supervivientes de una cristalería que debió ser de mi abuelo materno. Algunos objetos irradian vivencias de las que han sido testigos durante su vida silenciosa y quieta. Nos hablan, nos transmiten sensaciones que a veces no somos capaces de racionalizar, pero sí de sentir. En cierta manera están vivos, no me cabe ninguna duda, y reconozco que desde siempre he mantenido con ellos una subliminal relación que me conforta.

Vivía en el campo, en zona boscosa y hace unos veranos sufrí la amenaza de un incendio. Anochecía y al salir al exterior olí a quemado. Nada había que hiciera sospechar peligro, pero ante aquella inquietante sensación llamé al número al que hay que llamar y me confirmaron la existencia de un incendio que estaba avanzando en dirección a mi casa. El fuego se iba extendiendo detrás de una loma y no era visible aún. Me advirtieron de que estaba obligado a organizar la evacuación de manera inmediata.

Y entonces tuve que plantearme qué llevar conmigo, qué cosas meter en mi coche y salir de allí zumbando. Estaba solo y no iba a tener ayuda de nadie. El impacto y trascendencia de la noticia me dejó desorientado durante un rato, recuerdo que recorría las habitaciones, subía y bajaba las escaleras que comunican las dos plantas, salía fuera... intentaba, sin conseguirlo, aclarar mi mente. El olor a quemado persistía, pero era el único signo de la amenaza. La noche había caído, soplaba un endiablado vientecillo y hasta el amanecer iba a ser imposible que los bomberos pudieran actuar con eficacia o que los aviones cisterna comenzaran a bombardear con agua las llamas. De modo que la perspectiva no era buena.

Y de repente lo vi todo muy claro. Me puse a recoger aquellas cosas que significaban algo para mí, no por su valor económico sino por su carga afectiva, familiar, por estar relacionadas con mi trabajo personal o con momentos o acontecimientos significativos de mi vida. Algunos libros especiales, recuerdo en concreto la edición en rústica de Los ojos de los enterrados, que Miguel Ángel Asturias me había dedicado con trazo tembloroso, no me lo podía creer, cuando yo tenía 24 años y andaba comido por las dudas sobre el futuro; o la primera edición española de aquel impacto que fue para mi Cien Años de soledad, ilustrada su portada por Vicente Rojo; unas cámaras, Nikon y Hasselblad, compañeras durante años, a las que el tiempo y la tecnología habían apartado del circuito; fotos personales, cartas, escritos, e insospechados objetos para mí cargados de sentido e información… Ahora me doy cuenta de que lo que inconscientemente estuve haciendo fue salvar toda la información posible para la memoria, la mía y la de los míos, posiblemente la de todos. La memoria, el eje alrededor del que se vertebra la historia del ser humano. Y este par de copas, minúsculas y tan peculiares, envueltas con cuidado en papel de periódico, fueron algunos de los objetos precipitadamente elegidos que ni tan siquiera llenaron unas pocas cajas de cartón. Con el pequeño botín, Lua, mi golden, siempre tan pendiente de mí, y Kodak, ese gato aleonado, serio en extremo y bonachón, que nunca me miraba a la cara (jamás pudo perdonarme que lo bautizara de aquella manera), nos metimos en el coche y bajamos hacia el pueblo que está a menos de dos kilómetros. Allí, junto a una gasolinera, en compañía de una decena de vecinos de la zona, expectantes y preocupados, pasamos varias horas. A eso de las tres de la madrugada la noticia de que el viento había rolado y empujaba las llamas en dirección contraria, hacia la costa acantilada y el mar, permitió que todos regresáramos aliviados a nuestras casas.

Estas dos copas, almacenadas en una alacena durante años, rebosantes de pasado y de historias que contar, con ayuda de la tecnología digital me han ofrecido esta imagen cristalina y pictóricamente distorsionada con la que ilustro estas palabras. Ellas, con sus más de cien años a la espalda, son las primeras sorprendidas, por no decir que escandalizadas ante mi atrevimiento. Pero es que las ciencias adelantan que es una barbaridad.

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