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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza | Seremos inmortales

La muerte será opcional en el año 2045. Moriremos a causa de accidentes, pero nunca de manera natural y el envejecimiento no será más que una enfermedad curable. No lo digo yo, sino el ingeniero José Luis Cordeiro, coautor junto al matemático David William Wood del libro La muerte de la muerte.

A saber si llegará el día en que polvo seremos pero ya no más en polvo nos convertiremos. Tampoco es un tema que me preocupe especialmente. Al menos de momento soy mucho más de las palabras de nuestro añorado Eduard Punset: «Hay vida antes de la muerte». Sin embargo, la larga historia de la humanidad ha girado de manera inexorable alrededor del dramático final del hombre a sabiendas de que lo único realmente cierto a día hoy si uno está vivo… es que va a morir. Desde Platón, que dio una vuelta de tuerca más a los filósofos griegos que le antecedieron y defendían que existía una dualidad entre cuerpo y alma. Pero para Platón, si el alma tiene un carácter divino, ergo, es inmortal y solo logra vivir del todo cuando escapa de la cárcel del cuerpo.

Y en este atávico miedo inmortal a morirnos las religiones encontraron su nicho de mercado desde tiempos inmemoriales. La misma y vil estrategia de quienes siembran el temor de que alguien te ocupará la casa cuando bajes a comprar el pan para luego venderte un seguro. Desde el cristianismo, basado en un Dios que envió a su hijo a morir a la Tierra y resucitó al tercer día y promete la vida eterna en su cielo solo a cambio de que renunciemos a Satanás y a todas sus obras y proclamemos nuestra fe en la Trinidad, en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y aún se narra con muchos más detalles el chollo que depara a los devotos fieles que den su vida por el Islam en una utópica vida eterna en la que serán recompensados con 72 vírgenes de frescura perpetua y turgidos senos con forma de pera; las mujeres dispondrán de un solo hombre y con él estarán satisfechas. Busque, compare y si encuentra algo mejor… cómprelo.

Pero en lo que resolvemos lo de no morirnos, la historia nos deja buena cuenta de que, hasta en el morir, hay clases sociales. Miren por ejemplo lo sencillitas e improvisadas que resultan las tumbas de algunos faraones. Incluso quienes creyeron tener todo descubrieron que el poder y el dinero tienen un límite: la muerte. Qin Shi Huang, el primer emperador de China, el señor de todas las tierras, los cielos y los elementos, el hijo del Sol, disfrutó su vida, pero poco, pues vivió obsesionado con la idea de no morirse. Creó un decreto imperial para ordenar la búsqueda del elixir de la vida eterna por cualquier recóndito rincón de China. El pueblo lo saludaba con la expresión «Que mi Emperador viva y gobierne por diez mil años, diez mil años, diez mil años». No fue el caso. Murió a los 49 años mientras se encontraba de viaje en busca de las legendarias islas de Los Inmortales tras haber ingerido una mezcla de jade y mercurio prescrita por los alquimistas como remedio para alcanzar la inmortalidad. Antes de pensar que estos disparates de los poderosos son cosas de otros tiempos traten de recordar si alguna vez vieron a un emperador contemporáneo recomendar beber lejía. Qin Shi Huang murió a su pesar y fue enterrado, pero esta vez no con sus sirvientes. El pueblo empezaba a cansarse de excentricidades y sugirió sustituir el sacrificio humano por figuras de terracota. Más de 8000 guerreros y caballos lo acompañaron en su último viaje.

Estas momias pudientes deben revolverse en sus tumbas al saber que lo más parecido al elixir de la inmortalidad llegó de la mano de una pobre y negra madre de cinco hijos llamada Henrietta Lacks que trabajaba en una fábrica de tabaco. En 1951 acudió al Hospital Johns Hopkins, en Maryland; uno de los pocos hospitales que trataba afroamericanos. Sufría sangrado vaginal. El Dr. Howard Jones detectó un gran tumor maligno en su cuello uterino por el que falleció a los 31 años. Poco después Jones descubriría con asombro que la muestra que había utilizado para la biopsia empezó a crecer. Las células de Henrietta Lacks —células HeLa por las primeras sílabas de su nombre— se mantenían con vida y se reproducían sin cesar. Ese fue el asombroso origen del primer cultivo celular inmortal que ha dado lugar a día de hoy a más de 20 toneladas de células humanas y más de 70.000 experimentos que han servido para fabricar, entre otras, la vacuna de la polio o para investigaciones sobre cáncer, sida, los efectos de la radiación y un sinfín de avances científicos. Aún no se ha descubierto qué misterio entrañan las células HeLa, pero son, probablemente, lo más cerca que hemos alcanzado a estar de la inmortalidad.

Y ante tantas dudas, una certidumbre: hay vida antes de la muerte. Quizá la más sensata definición de inmortalidad que tenemos no llegara de la mano de la ciencia, sino de un poeta: Cesare Pavese:

«El hombre mortal, solo tiene dos cosas inmortales: los recuerdos que trae y los recuerdos que deja».

@otropostdata

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