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Diario de Mallorca

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Miqui Otero

Desde el metaverso

Gracias a la realidad aumentada no viviremos una vida digital a través de una pantalla, sino que nos meteremos en ella

Mark Zuckerberg. AFP

Creo que la vida es lo suficientemente exigente como para encima vivir dos simultáneamente (algo que han comprobado pluriempleados y donjuanes). Y, de hecho, la realidad es lo suficientemente dura como para querer agrandarla. Pero, gracias a la realidad aumentada, no viviremos una vida digital a través de una pantalla, sino que nos meteremos en ella.

En medio de una crisis de credibilidad bochornosa, con filtraciones que confirman cómo sus algoritmos azuzan fuegos neofascistas y nichos terraplanistas, Facebook se ha cambiado el nombre. Del mismo modo que Mr. Proper fue Don Limpio y Prince se convirtió en The Symbol, Facebook es ahora Meta. ¿Y qué es o será Meta? Un mundo virtual y paralelo, donde gracias a unas gafas y una billetera podremos vivir otra vida, gastar dos veces, consumirnos el doble. El caso es que este mundo lo controla una empresa que se acaba de rebautizar, en una maniobra para maquillar su imagen parecida a la del PP cuando anunció que se mudaría de su sede en Génova.

Si esto fuera mi primera columna en el metaverso, donde podría dar rienda suelta a otros tipos de columnista transhumano, podría dar la turra con que ahora Lolita no se podría publicar (mientras se reedita) o podría disparar un chiste sobre gangosos para afirmar que en la vida real me lo censurarían. Es más, en mis columnas opinaría de forma lapidaria sobre todo (de la crisis de suministros a Eurovisión), despacharía todo por la gracia de las adversativas («yo no soy experto, pero», «yo no soy racista, pero») y acabaría cada razonamiento con la frase: «Estamos metidos en un buen brete». Pero, supongo, me tocaría analizar ese Mundo 2.

Podría ser que a la gente en el metaverso creado por Zuckerberg (alguien que a día de hoy me da más miedo que Ronald McDonald en un callejón oscuro) le diera por abandonar para siempre las redes sociales. Hay gente que paga un dineral por coworkings donde no hay internet, por ejemplo. Así que imaginemos un mundo virtual paralelo donde el ser humano quedara para pasear (al fin y al cabo, en videojuegos como Fortnite ahora también quedan para ver pelis), hacer punto y confección, jugar al Quién es quién, leer a Paulo Coelho en un parque a las cinco de la tarde (trino de pajaritos, filtro opcional) y rajar de la tiranía de las redes sociales y de cómo casi acabaron con nosotros.

El escenario antónimo , claro, es más factible. Un mundo paralelo donde poder gastar aún más, algo así como una ludopatía vital. Allí seríamos una réplica en 3D de nuestros personajes en las redes sociales: gente mirándose los pies en la playa durante días sin ingerir líquido ni sólido, acabando a la primera cualquier charla amistosa con «¡Zasca!», llorando con risa de emoji por fuera (y de pena por dentro) ante cualquier chiste malo, diciendo ante todo «esto es insoportable», soltando «zorra» o «subnormal» ante el primer comentario no compartido en el autobús, conociendo a gente exactamente igual que tú cada día para sentirte único.

De momento, rezaremos para que muchos peleles e histriones se queden atrapados en ese mundo paralelo. También para que los millonarios que viajarán al espacio exterior orbiten allí para siempre, como en una mala versión de Bowie. Lo de vivir dos vidas gracias a unas gafas algunos ya lo hacíamos: los lectores empollones nos refugiamos en vidas de repuesto desde la infancia. Así que nos dedicaremos, por el momento, a habitar mundos paralelos gracias a ese antiguo y contrastado mecanismo. No es una solución, sino un refugio y un consuelo.

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