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Eduardo Jordà

¿Y esto podría pasar ahora?

Hace poco me alojé en un hotel en Granada. Era un hotel vetusto que ocupaba un antiguo caserón del centro de la ciudad. Todo tenía un aire mustio, como si el tiempo se hubiera quedado detenido allí dentro. Al entrar se accedía a un amplio patio interior revestido de azulejos, como en tantas casas tradicionales andaluzas. Al fondo se veía una silueta junto a una vieja máquina de escribir. Era Lorca vestido con traje blanco de verano, en una de las fotos tomadas en la Huerta de San Vicente en los últimos años de su vida. Pensé que era el típico homenaje que se hacía a Lorca en muchos hoteles de Granada, ya que Lorca se ha convertido en uno de los «iconos turísticos» -perdón por el palabro- que se asocian inevitablemente a la ciudad. Pero la silueta de Lorca no ocupaba el fondo del patio por un simple reclamo turístico. Según me explicó el conserje, en aquella misma casa, escondido, había pasado Lorca la última semana de su vida. El hotel había sido la casa de los hermanos Rosales, falangistas, que habían ocultado a Lorca en los primeros días de la guerra civil, cuando se hizo evidente que el poeta corría peligro en la casa familiar de la Huerta de San Vicente.

Yo recordaba bastante bien la historia -la leí hace ya muchos años en el primer libro que publicó Ian Gibson sobre la muerte de Lorca-, pero había olvidado algunos detalles importantes y tuve que buscar la información. Y los hechos son estos. Durante una semana de agosto de 1936, Lorca estuvo viviendo en la segunda planta de aquella casa, en una habitación situada al lado de la que ocupaba la tía Luisa, la tía de los hermanos Rosales. Para entretenerse -y para combatir la angustia, porque era muy miedoso-, Lorca tocaba el piano. A veces, imprudentemente, salía al balcón a tomar el sol y a respirar aire fresco. Pero en la tarde del 16 de agosto de 1936, Lorca fue detenido por una patrulla comandada por un antiguo diputado de la CEDA -la derecha católica- llamado Ramón Ruiz Alonso.

¿Por qué lo detuvieron? Las hipótesis son muchas, pero no podemos entender nada si no pensamos en el clima de arbitrariedad absoluta -y el consiguiente terror inconcebible- que se vivió en España durante la guerra civil. En la Granada tomada por los militares sublevados, cualquier persona era sospechosa de haber hecho algo malo. Y más si era alguien como Lorca, una persona conocida por su condición de homosexual que además era un dramaturgo famoso -ganaba mucho dinero- y estaba muy relacionada con la izquierda, aunque no militara en ningún partido. Sólo por eso ya estaba señalado. Y no le sirvió de nada la protección que le brindaron los hermanos Rosales, falangistas, en aquella casa que muchos años después pasaría a convertirse en un hotel. Cuando llegó la patrulla, Lorca estaba en pijama y tuvo que ponerse un traje a toda prisa. Afuera le esperaba el coche de un tipo despreciable llamado Trescastro, pariente lejano del poeta, un tipo fanfarrón y homófobo y bruto, muy bruto. Desde allí se llevaron a Lorca al Gobierno Civil, que estaba casi a la vuelta de la esquina, y uno o dos días después -porque eso no está claro-, por la noche, lo metieron en un camión y se lo llevaron al barranco de Víznar, de donde nunca regresó.

Cuando le conté esta historia a mi hija, me escuchó con interés. Ella conocía más o menos la historia, pero no los detalles concretos, y al terminar de oírla me preguntó inquieta: «¿Y esto podría pasar ahora?» No tuve tiempo de contestar, porque enseguida mi hija se adelantó a mi respuesta y me dijo con una seguridad que intentaba disipar toda duda: «No, claro que no, eso ya no puede pasar ahora. Es imposible». Mi hija es millenial y ha vivido en un mundo seguro y estable. Nadie ha vivido nunca a lo largo de la historia tan protegido por las leyes como ha vivido ella y como hemos vivido nosotros en estos últimos cuarenta años. Y para una persona que ha vivido en estas condiciones, lo que ocurrió con Lorca -y con cientos de miles de personas asesinadas en aquellos años terribles- es imposible que vuelva a suceder. Eso es evidente. Ahora bien, ¿podemos estar seguros de que es realmente imposible que vuelva a ocurrir algo así? En realidad, lo único que lo hace imposible es un hecho que con frecuencia despreciamos: la seguridad jurídica, las leyes, los jueces, la autoridad que respeta las normas de convivencia civil. En una palabra, la normalidad democrática. Pero si por alguna razón esas garantías desaparecieran y de pronto se instalase el caos entre nosotros, si de pronto las leyes dejaran de estar vigentes o no se aplicaran, si de pronto todo se convirtiera en pura arbitrariedad y se desataran los odios y la violencia campara a sus anchas, estas cosas pueden suceder con toda facilidad. Nada nos protege. Nada nos asegura que todos estamos a salvo. Nada.

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