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Antoni Costa i Vilanova.

Este lenguaje antiguo se paladea como un manjar cada vez más escaso y costoso. Diálogos y descripciones de época, de hace un siglo exactamente y de los pescadores. Las tabernas a menudo acogían encendidas partidas de cartas y alguna que otra habanera. Después de seis días de duro trabajo, el domingo ya era para maquearse e invitar a las mozas. Aparentemente encuadrada en la literatura popular, de lectura fácil, a parte del riquísimo vocabulario hoy en la creciente mediocridad que nos ocupa, ya casi un exotismo el léxico utilizado que nos situará en un contexto muy concreto para vivir los grandes temas de siempre. Vicenç Pagès en el prólogo asegura que de no ser por la guerra, y sobre todo la posguerra, este fabuloso libro y esa misma corriente podrían haber tenido continuidad por su solidez.

Parece que el autor se limitaría en el futuro al periodismo y no daría continuidad a la novela. En México, en medio de otra lengua y sus hablantes, empezaría otra vida a la vez que cuajaría un pequeño imperio. Esta novela de apariencia tan sencilla escrita por un joven de veinte y pocos años, y pasado un siglo, es mucho más que recomendable. Una joya.

El autor avisa que fue concebida en 1929 y que «encara no s’havia obert la finestra a la tenebrosa dècada que tots vàrem viure». «Fets d’octubre, Guerra civil, Segona Guerra Mundial i quaranta-sis anys d´exili a Mèxic». «El vaig creure perdut i en retrobar-lo, sense afegir-hi una sola ratlla, el poso a les teves mans…». Y así lo hizo, creada en 1929 y durante más de medio siglo sin añadir una sola raya.

Había nacido en una familia de pescadores y hoteleros del Port de la Selva el 1904. Por culpa de la guerra se exilió a México, dónde moriría. Este es su único libro. Jepic, subtitulada Port de la Selva 1925. Pòrtic la publicó en 1986, pero hace tres años que la genuina editorial Brau de Figueres la recuperó en ese catálogo suyo lleno de las más increíbles sorpresas.

El triángulo amoroso se va desarrollando en medio de la vida cotidiana en el conocido pueblo costero más al norte de Cadaqués, reflejado en las aguas del Golf de Lleó. Esta obra inmortaliza cómo se hablaba en el Empordà de esos años y en el argot marinero más genuino. Barcelona queda lejana y es, ya entonces, un lugar donde «s’esguerren molts de xicots». Qué bien conocían el «xaronisme» que estaba ya en expansión.

Los microuniversos familiares llenan un caleidoscopio social en miniatura, muy en consonancia con Solitud de Caterina Albert. En este caso: Mar, vinya, taberna…

Las sombras de Alexandre Plana, Sagarra i Foix también están presentes en esta irrepetible atmósfera de un mundo desaparecido como muchos de los lemas de sus protagonistas. «Pobres botiguers si la gent tingués massa seny».

El libro del hotelero Antoni Costa i Vilanova es una auténtica delicia. El cielo, el paisaje, la mar y la montaña con su irrenunciable tramuntana y sus inigualables puestas de sol. Las frescas aguas del Alt Empordà reflejaban las luces del Hotel del Comerç que pertenecía a sus padres, esa generación que conocía cada topónimo en cada grieta o relieve de un país a punto del desahucio. Escenario de vivencias cristalizadas en la memoria, hoy tan útiles para revivir a los que ya la conocen o para incentivar la primera visita a los profanos que todavía no han visitado el país.

En su exilio, Antoni Costa, llegaría a ser conocido en América por sus colaboraciones en la prensa de México y Buenos Aires, pero nunca abandonaría su preocupación por la conservación de ese lejano paraíso que tan bien inmortalizó en su Jepic. Port de la Selva 1925. Ese trocito de Empordà que, en parte, todavía permanece intacto gracias a lo inhospitalario de ese omnipresente azote atmosférico que, de tanto en tanto, lo tambalea todo para mayor higiene.

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