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Matías Vallés

El general traidor que salvó al mundo

El presidente de la junta de jefes del Estado Mayor estadounidense tranquilizó a su homólogo chino a espaldas de la Casa Blanca de Trump

P uede que al adentrarte en la crónica Peligro de Bob Woodward te traicione la falta de concentración, pensando en que se trata del tercer volumen del periodista sobre la presidencia de Donald Trump, y que poco se puede añadir a lo ya desgranado en Miedo y Rabia. Si persistes en el estado de duermevela, te pasará desapercibida una de las escenas más rocambolescas de la política o la guerra contemporáneas. Pensándolo bien, es posible que el propio artífice del Watergate no se mostrara lo suficientemente alerta, y que haya desaprovechado la exclusiva.

Woodward desvela un escándalo a la altura del espionaje de Nixon a los Demócratas, pero las sacudidas continuas de la Administración Trump le impidieron apreciar las facetas de su hallazgo. El mito del Washington Post delegó el escándalo en el Congreso estadounidense, que citó apresuradamente al general traidor que salvó al mundo. Mark Milley era el presidente de la junta de jefes de Estado Mayor el pasado Día de Reyes, cuando una turba de fanáticos del presidente depuesto por las urnas asaltó precisamente el Capitolio.

Por un exceso de inteligencia o de instinto, Pekín se convenció de que la toma de la sede del Congreso con vikingo incluido preludiaba un ataque póstumo de Trump a China, obsesionada por una iniciativa bélica de sus adversarios hasta el punto de haber multiplicado su dotación en misiles de rango intermedio. Conocedor de la histeria desatada, y con objeto de apaciguar al coloso asiático, Milley se dirigió entre bambalinas a Li Zuocheng, su equivalente junto a la Gran Muralla.

La frase central del mensaje tranquilizador emitido por el general Milley a espaldas de la Casa Blanca viene recogida en el libro, y fue ratificada por el militar ante una comisión parlamentaria a finales de septiembre. «Quiero asegurarle que el Gobierno estadounidense es estable, y que todo será OK». Se precisaron dos tandas de conversaciones para sosegar al general Li, ambas confirmadas públicamente por su interlocutor, que se tomó la paz por su mano en una escena donde podría adivinarse un comportamiento próximo al espionaje.

¿Quién se resistiría a ser tomado como fuente de inspiración ensayística por el legendario Woodward? Máxime con Trump caído, y ante la necesidad de blanquear la alineación en su equipo. Milley sucumbió a la vanidad, que tal vez disfrazó de responsabilidad histórica, para decidirse a retratar una Casa Blanca a la deriva y con vocación apocalíptica. Las aportaciones del siempre esquemático autor son demasiado minuciosas para no haber gozado de la complicidad absoluta de su general, ajeno a la trampa en que caía. Se materializaba de nuevo la convicción de la Janet Malcolm recientemente fallecida, otra reportera implacable y portaestandarte de la tesis de que un periodista siempre traiciona a su confidente.

Las revelaciones desacomplejadas de Milley en el libro contrastan con su semblante preocupado ante los congresistas. La justificación de sus conversaciones secretas con el enemigo buscaron una coartada, ausente en el libro de Woodward. El general se encomendó a su despreciable superior, al manifestar que «creo que estaba ejecutando fielmente la intención del entonces presidente de Estados Unidos, porque sabía con certeza que el presidente Trump no iba a atacar a los chinos de buenas a primeras».

Para rubricar su presunta buena fe, Milley aseguró que había informado al secretario de Estado Mike Pompeo, orillando el grado de exactitud en la tibia transmisión de su conversación con Li. En Peligro, era el propio general estadounidense quien estaba aterrorizado ante la nada descartable hipótesis de que Trump se despidiera con una estampa neroniana, ahora que Manuel Vilas ha descubierto con cierto retraso en Los besos que hay concomitancias entre el empresario y el emperador.

En la versión de Woodward, la comunicación entre Milley y Li no tenía por objeto que el primero descartara la opción militar de Trump. Por el contrario, el norteamericano aseguraba a su par que estaba en condiciones de abortar la locura presidencial, que el arrebato no pasaría su cedazo. De nuevo, esta entonación se aproxima a la traición que han esgrimido los parlamentarios quisquillosos. Aparte de sonar más creíble que la autoexculpación del general, la interpretación equilibrada apuntaría a que un pacto previo entre militares salvó al mundo.

Haber tomado la iniciativa juega en contra de la interpretación virtuosa de Milley. Su pretensión de desactivar a los chinos nerviosos parece más lejana de la realidad que la idea de convencerles de que se hallaba en condiciones de garantizar la tranquilidad global. A estas altura del juego de intereses enfrentados, el lector casi grita que existe una persona capaz de desenredar el ovillo, y que reside en Asia. Por desgracia, ni el magnetismo de Woodward puede apear a Li del secretismo que impone Pekín.

Las entretenidas conversaciones entre Milley y Li obligan a escarbar una moraleja. Por ejemplo, si quieres la paz, prepara canales subterráneos que enlacen a los responsables militares de las superpotencias en conflicto.

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