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Mercè  Marrero

La suerte de besar | De enamoramientos, pasiones y cuentos de princesas

Todos tenemos debilidad por alguna característica personal. Sentido del humor, inteligencia o pulcritud. A mí me gustan quienes disfrutan de lo que hacen

Mako de Japón tras su boda civil: "Hemos escuchado a nuestro corazón". REUTERS

Un día le pregunté a un chico si me quería y me dijo que sí, pero que no tenía intención de caer en romanticismos porque estaba cansado y se iba a dormir. Se aprende a leer entre líneas a base de bofetones. En ese momento, creí que las consecuencias de su ajetreada vida laboral le impedían ser efusivo. Ilusa de mí. Borré ese fiasco de mi mente durante años y, al leer la historia de Mako de Akishino, la princesa de Japón que lo ha dejado todo para casarse con su enamorado plebeyo, he vuelto a recordarlo. Me pregunto qué debe ser sentirse lo más importante para la otra persona. En mi caso, el osito dormilón priorizaba su almohada. En el caso de la princesa japonesa, ella pone por delante de su familia, de su dote y del país, el amor que siente por su novio. Sienta bien saber que los cuentos de princesas con final feliz existen. Por lo menos, hasta la fecha.

En una entrevista a Nicole Kidman le preguntaron su opinión sobre el amor romántico. La actriz defendía que los buenos amantes son buenos amigos con altas dosis de pasión. Algunos creyeron que se refería a altas dosis de arrumacos y arrebatos, pero yo creo que se refería a altas dosis de pasión por el proyecto en común, por la vida compartida, por la esencia del otro y, cómo no, por algún arrumaco. En un programa de televisión, un filósofo dijo que el amor, el amor verdadero, debía ser feu. De lo contrario, acaba convirtiéndose en una experiencia ni fu ni fa. Pienso en esas parejas que pasan horas sentados en una mesa de un restaurante y no median palabra o no intercambian miradas más allá de las pantallas de sus móviles. Los amores sosos son poco gratificantes, aunque quién soy yo para opinar. Todos llevamos alguno a nuestras espaldas. Todos hemos sido tediosos alguna vez.

Cada uno de nosotros siente debilidad por ciertas características personales. Tengo una amiga que se pirra por las personas exageradamente limpias. Las que tienen su casa como los chorros del oro y huelen siempre a acondicionador. Si entra en un salón con olor a esencia de pino, enloquece. A otro amigo le atraen las personas competitivas. Necesita estar con gente que lucha e invierte mucha energía en ganar. Ya sea al póquer, al parchís, en una discusión o en una carrera. Otros destacan el sentido del humor, la inteligencia o la riqueza. Para gustos, colores. A mí me gustan las personas que disfrutan con su ocupación. Y que no lo esconden. Aquellas que disfrutan tanto de lo que hacen que, en cuanto hablan de ello, transmiten pasión. Actrices, cocineros, periodistas, pasteleros, activistas, escritoras, profesoras, jardineros, políticos (algunos)… que llevan su trabajo un poco más allá. Que desarrollan un entusiasmo que les conecta con la vida, que transmiten inquietud, dinamismo y curiosidad por seguir aprendiendo. Es como estar enamorada, pero sin necesitar la reciprocidad del otro. Admiro a muchas personas y todas ellas tienen ese punto en común. Hacen de su mundo un lugar maravilloso y tienen efecto contagio.

Por cierto, el chico que decidió que su sueño era prioritario sentía feu por su trabajo. Lástima que lo mío fuera ni fu ni fa.

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