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Cristina Manzano

Cristina Manzano

Directora de Esglobal

¿Necesitamos el Black Friday?

Lo del consumo desaforado es un atentado a cualquier sensatez, incluida la económica. Si no ha sido suficiente una pandemia para repensar el futuro, ¿entonces qué?

La presidenta de la Comunidad de Madrid debe de estar contenta: hemos recuperado los atascos, esa seña de identidad de la ciudad. Durante meses hemos especulado sobre qué habríamos aprendido tras la pandemia y está claro que la ilusión de un tráfico moderado no es una de ellas. Aquí está la tan ansiada vuelta a la normalidad, con su dosis de ruido, nervios y humos.

Pero no todo volverá a ser lo mismo tan rápidamente. Otro atasco se ha convertido en el tema del momento: el del tráfico global de mercancías. Afecta a algunos productos básicos pero la obsesión está en cubrir la demanda de dos de los picos consumistas del año por excelencia: el Black Friday y las Navidades.

El asunto viene de lejos, con las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos y los consiguientes ajustes en la industria del transporte marítimo, que redujo el número de navieras en todo el mundo. Luego el virus hizo el resto: la paralización drástica y repentina del comercio mundial, el «aparcamiento» en los puertos de miles de contenedores sin retorno, la consiguiente escasez de determinados materiales, el aumento de la demanda por ciudadanos de todo el planeta encerrados en sus casas, el bloqueo del canal de Suez por el Ever Given, y, cuando ya empezamos a salir de la emergencia sanitaria, la rápida reactivación económica en un buen número de países, con la falta de chips y de camioneros.

Y no tiene una respuesta fácil en el corto plazo. Recomponer un complejo sistema logístico global va a llevar tiempo, aunque la «magia» del mercado acabará recuperando su equilibrio. En el largo plazo, sin embargo, se avistan cambios de mayor calado, con un acercamiento de los centros de producción (reshoring) y una redefinición de la globalización tal como la hemos conocido hasta ahora. Si algo hemos aprendido es la necesidad de producir cerca los bienes estratégicos, incluidos los sanitarios, aunque implique precios más altos.

Todo un desafío para los planes de recuperación económica, ya lo estamos viendo. Pero también una oportunidad -¿tal vez la última? - para seguir abordando en serio el mayor desafío al que nos enfrentamos: la destrucción del planeta.

La caída en emisiones de CO2 en 2020 fue un fenómeno pasajero: entre enero y junio de 2021 ya se había recuperado el mismo nivel, o superior, que en el periodo equivalente en 2019. Solo el transporte seguía un 6% más bajo. Está claro que, de seguir este ritmo, no se alcanzarán los compromisos del Acuerdo de París. Es más, una reciente filtración recoge los esfuerzos de determinados países productores de energía y de carne para modificar un informe crítico sobre cómo abordar la ambición climática en la próxima Cumbre del Clima, la COP26 de Glasgow, en noviembre.

Lo del consumo desaforado es un atentado a cualquier sensatez, incluida la económica. Hace apenas unos días se publicaba la noticia de los miles de productos que Amazon destruye cada día… ¡solo en España! Es conocida la cifra de que necesitaríamos 1,7 planetas para poder satisfacer la demanda de la población mundial actual; una cifra mucho más alta en el caso de los países desarrollados, incluido el nuestro.

La primera organización que alertó de ello en los años 70, el Club de Roma, celebra esta semana su asamblea anual. Allí se van a discutir temas como la necesidad de transitar del ego al eco en la búsqueda de nuevos conceptos del bienestar o la necesidad de reinventar el significado de desarrollo humano. Según Carlos Álvarez, miembro de su comité ejecutivo, no basta con el debate entre crecimiento y decrecimiento. «Tenemos tres imperativos que no pueden cumplirse todos a la vez: el ecológico, el democrático y el rentista», afirma. Foros como este buscan debatir soluciones que permitan combinar los desafíos económicos y de lucha contra la desigualdad con la sostenibilidad, antes de que sea demasiado tarde; no ya para el planeta, sino para quienes vivimos en él.

Tal vez los problemas de suministro actuales y los precios que de ellos se deriven pueden ayudar a dar un paso más para replantearnos la definición de «necesidad» en nuestras sociedades. ¿De verdad necesitamos un Black Friday, cuando hemos vivido hasta hace poco sin él? ¿De verdad las fiestas de fin de año requieren un hiperconsumismo? Si no ha sido suficiente una pandemia para repensar el futuro, ¿entonces qué?

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