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Ana Bernal-Triviño

Ana Bernal-Triviño

Profesora de la UOC y periodista

La abolición de la prostitución

El PSOE ha propuesto una ley abolicionista de la prostitución y vuelve el debate. Una sociedad democrática comprometida con los derechos humanos no debería plantear un debate en términos de sí o no. Pero siempre resurge en una mezcla de intereses y de desconocimiento entre partidos y sociedad. Para no hacer trampas ni debates falsos, tengamos claros unos puntos de partida.

La prostitución no es un trabajo. Para el Parlamento Europeo es «esclavitud incompatible con la dignidad», y para el Tribunal Supremo «la esclavitud del siglo XXI está en los clubs de alterne». También está en la calle y en pisos privados. La esclavitud es delito, no trabajo. Es humillación, trauma y violencia física y sexual. ¿Alguien piensa aún lo contrario? Quizá esta frase de Patricia Sornosa ayuda: «Si entra tu padre al local donde curras y tú no puedes atenderle, no es un trabajo».

La abolición no es prohibición. Establece penas a quienes se benefician, proxenetas y puteros. Da soluciones laborales y económicas a estas mujeres y no las persigue, como sí haría una ley prohibicionista. Si alguna quiere seguir en la prostitución, podría hacerlo. En países nórdicos o en Francia, donde se ha aplicado, ha bajado la demanda. España debería hacerlo ya porque es el primer país de Europa y de los principales del mundo en consumo de prostitución.

La regulación es negocio, es crimen organizado. En los países regulacionistas ha provocado más mujeres traficadas, con más deudas y las ha expuesto a más violencia. Ni de lejos trabajan con más seguridad. La regulación ha aumentado la demanda. Buscan cada vez más niñas porque los puteros exigen «carne» joven. La regulación no piensa en mejorar la vida de ellas, al revés, las revienta. Solo da alas y más beneficios a los explotadores, bandas criminales organizadas, y el Estado no puede tolerarlas.

La trata y la prostitución no se separan. Es como intentar separar el fraude de los paraísos fiscales. No se puede. Uno se alimenta del otro. Si solo nos centramos en combatir la trata se abandona a las mujeres que están ahí por pobreza y no se ataca el origen. La Federación Mujeres señalaba que el 66% de la prostitución se daba en mujeres en busca de empleo o a cambio de alojamiento, y que el 75% carecía de hogar. Explotar personas sexualmente solo ocurre porque hay demanda.

La regulación es negocio, es crimen organizado. En los países regulacionistas ha provocado más mujeres traficadas

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Hay que escuchar a las prostitutas. A todas, no solo las que interesen para mantener el negocio y el discurso proxeneta. Regular la prostitución o dejar sin legislar es lo de siempre. Ahora ya hablan las que sí desafían al sistema, las que se salvaron de la prostitución. Ellas acaban con tópicos como los de «hay trabajos más duros». Cuando a Evelina Giobbe le decían que era peor el McDonald’s, ella siempre respondía: «Al menos cuando trabajas en McDonald’s no eres la carne».

El feminismo siempre fue abolicionista. Más memoria histórica feminista, por favor. Jamás hubo un feminismo regulacionista. El regulacionismo llegó como un caballo de Troya por una cuestión de dinero y manipulando. Ni Arenal, ni Tristán, ni las sufragistas, ni Kolontái, ni Campoamor ni las Mujeres Libres anarquistas eran regulacionistas. España ya tuvo una ley abolicionista en la Segunda República y proyectos que funcionaron, como los liberatorios de prostitución.

La política frente a la prostitución. En febrero de 2020, la ministra de Igualdad, Irene Montero, declaró que era abolicionista pero que ese debate era un «riesgo» porque podía «dividir al movimiento feminista». Proponía soluciones en la ley de libertad sexual y una ley de trata. Al final, las disputas en el movimiento sí se han producido, aunque por la ley trans. Frente a ello, ahora el PSOE rescata una petición del feminismo, una ley integral abolicionista que dé respuesta a todo y que el PSOE nunca cumplió años atrás. El feminismo no está ya para más tomaduras de pelo. Es una cuestión urgente.

La prostitución es crimen, es negocio. Por eso hay quienes no quieren pararlo. La abolición es libertad, derechos y futuro para ellas. Por eso otros quieren pararlo. No caigamos en el juego. Mientras «debatimos» lo que ya sabemos, cientos de mujeres esperan ser salvadas ya, no ser las últimas. Todas merecen dignidad y derechos. Menos repetir debates y más acción.

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