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Alex Volney

Sin salir de la orilla

Sin salir de la oriila

Amenudo uno de los temas más comentados o que se vierten en las improvisadas tertulias, de un día cualquiera, en la librería corresponden a aquello de ¿aguantaréis? Unos ponían la causa del e-book, de esto ya hace tiempo, otros, a una muy conocida marca y sus presuntos sorpasos. Muchos otros van obviando el cambio de paradigma con las redes, pero sobre todo con la perenne circunstancia de un aspecto ya secular. La red, el móvil en general, traza una línea bastante marcada entre aquellas personas que todavía tienen unos cánones vitales en el siglo veinte y aquellas, más jóvenes, que atienden a nuevos retos que desarrollan otros hábitos o los comienzos de los mismos. Puede que los auténticos cambios lleguen por ese segmento de población. Este tipo de improvisados debates, a nivel local, suelen acabar con aquello de «puede que no lo veamos» «todavía falta, ya no estaremos» y desde luego es bastante posible, aunque la omnipresente problemática de fondo nada tenga de nueva.

Por poner solamente algún ejemplo, en el estado que representa la China o alguno de los países más radicales, del mundo islámico, y hoy ya de paso algún que otro miembro de la UE, se controla a la población precisamente a través de abrir o cerrar el grifo de internet o de lo digital y el papel sigue siendo la única e imparable garantía de la más efectiva difusión. El libro sigue siendo el único capaz de sortear todas las censuras. Todas. Basta comprobar, en los países mencionados, lo perseguidos que están algunos libreros o responsables de cualquier soporte en papel. Autores, editores... todos en el punto de mira.

Van pasando los años y el libro digital no ve acrecentar su cuota de mercado y puede que ya vaya tocando techo. Los más optimistas, en el pasado, pertenecían a grandes cadenas sin raíces en el auténtico sector librero. Es decir, sin el apoyo de los editores independientes, de forma real y leal, era muy difícil ver a la víctima travestida de verdugo en un efímero principio repetido como karma.

Los editores nunca se decantaron abiertamente y de forma seria por esta opción. El camino de otros formatos ya se verá según evolucione la red y la problemática de siempre que como medidor de índices de lectura sigue siendo, siglos después, la calidad de vida de la gente y los derechos sociales que en lo laboral garanticen unas condiciones en cuyo horizonte quepan algunas horas de ocio.

Los sábados por la mañana siguen siendo el plato fuerte de la semana, en el reencuentro distendido entre libreros y lectores, autores y los clientes de sus anhelados trabajos y todo en ese tan estrecho margen de tiempo libre cada vez más cercado por la creciente preponderancia de la inmediatez.

Sin salir de la orilla

Cien años atrás, en su New Deal, el presidente Roosevelt como efecto final hizo que todo un mercado se autoalimentase. El obrero del concesionario pasó a ser en un porcentaje muy relevante a la hora de adquirir el mismo producto, un eslabón crucial para vender más coches y garantizar la viabilidad y el futuro de la misma empresa. Obviamente en los países donde ha existido el liberalismo en alguna de sus vertientes. Aquí los presuntos aperturistas de los sesenta y setenta durante el franquismo no hicieron más que acompañar de aparente distensión sus políticas, ni que fuese para intentar consolidar los crecientes cultivos alrededor del monocultivo. Eso sí, mientras, seguían ejecutando a personas a través de juicios sustentados en la pantomima de siempre. Tanto los EUA, la UK o la misma Francia se limitarían a mirar hacia otro lado.

Volviendo al tema y comparaciones aparte, si el turismo es hijo de algún tipo de «democratización del tiempo libre» los albores del hábito lector como fenómeno de masas vieron su incremento en el espejismo democrático de los ochenta y los noventa. Hoy como ayer, a más tiempo libre más lecturas y más venta de libros. Ése es el único factor que rige el índice lector.

Si todavía quedan dudas del factor «tiempo» y «libre» sepan que el perfil mayoritario sigue siendo, con diferencia, el de mujer joven o de mediana edad, normalmente soltera y sin hijos (o como quieran ustedes definirlo en sus centenares de modalidades) lo que nos lleva a pensar que muchos debates hiperventilados van concluyendo en una de las más ancestrales conclusiones. El otro género, va muy por detrás, las cifras cantan, tiene otras preferencias, y entre todas ellas ese gran deporte tan generalizado de la caña y no precisamente la de pescar.

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