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Matías Vallés

González se postra ante Sánchez

El «jarrón chino» necesita hincar la rodilla ante su sucesor en La Moncloa, para renovar sus existencias del elixir de la eterna juventud

El momento más morboso del Congreso unipersonal del PSOE no debió reflejar el saludo de Felipe González con Pedro Sánchez, sino el encuentro en Valencia del expresidente con Susana Díaz, su inmarchitable y dicharachera candidata a encabezar el Gobierno de España. Para la historia quedará sin embargo la postración del inventor del socialismo español contemporáneo ante su sucesor vigente, una ceremonia que define cuando menos el orden en que deben anotarse ambos nombres, que no es el recogido aquí por respeto al peso de la memoria.

González no solo se identificó con una aparatosa pieza decorativa que ha pasado a definirle. La cita ampliada establece que «todo expresidente es como un jarrón chino grande en un apartamento pequeño». La alusión a las dimensiones reducidas del entorno guarda resabios de la declinante Gloria Swanson, recordando en El crepúsculo de los dioses que «yo soy grande, las películas se hicieron pequeñas». Para adaptarse al encogimiento de la política, el expresidente necesita hincar la rodilla ante su sucesor en La Moncloa. Solo así puede renovar sus existencias del elixir de la eterna juventud. Para ser escuchado ha de escuchar, una novedad en su biografía.

Una vez concretada la rendición del patriarca, la escena clave del cónclave muestra a González en primera línea y con la mano extendida hacia Sánchez, que se entretiene abrazando a Zapatero. El titular no solo establece su jerarquía de devociones, sino que se detiene en su inmediato predecesor más tiempo del aconsejable, cuando queda otro histórico a estrujar. Agotado el abrazo inicial, el presidente del Gobierno se dirige hacia el patriarca para ejecutar la transmisión de leyendas. Casi una década después del acceso al poder del segundo y presunto segundón, conquistan el rango de cómplices.

Sánchez no necesitaba fotos junto a González, sino imágenes sin Yolanda Díaz, que le roba protagonismo y se adelanta en las encuestas. Tras tirotear al nuevo desde todos los frentes, al protopresidente socialista y a Guerra (véase el chiste de la cabra) no les ha quedado otro remedio que sucumbir honrosamente a la perseverancia del actual dueño de La Moncloa. El congreso del PSOE acalló a los detractores de las innumerables derechas. La postración de González es tan inusitada que los heraldos de PP y Vox escarbaron melodías disidentes en su alocución, o en la melancolía de Carmen Calvo. En ambos casos, equivale a hurgar en las palabras pronunciadas por un decapitado, una vez que se le ha separado la cabeza del cuerpo.

A falta de cristalizar, por lo menos el PSOE no se ha hecho añicos. La educadísima brutalidad de Sánchez, que ni siquiera llamó «indecente» a Rajoy, le ha permitido orquestar un gabinete en permanente estado de pánico. Todos sus ministros parecen correr detrás de la dimisión, casi deseándola para no someterse a la refinada crueldad de su jefe. Por si la doma del socialismo no fuera desafío suficiente, el presidente pastorea ahora el resto y los restos de la izquierda, dando instrucciones a los náufragos de Podemos para que le sumen una mayoría en condiciones. Borrell fue el primero en advertir que no volverá un Gobierno socialista sin vincularse a la izquierda peligrosa.

La invocación de la socialdemocracia como novedad ideológica en 2021 solo confirma el hundimiento de la izquierda intelectual, todavía temblorosa por el coronavirus. ¿Qué otra opción podía buscarse en Valencia, el confucianismo? Se buscaba una corriente que pudiera ser asimilada por la audiencia de Tele 5. Chirac y Merkel han sido tildados de socialdemócratas, hasta tal punto se ha degradado la concepción del socialismo democratizado. A lo sumo, el triunfo del SPD alemán que inspira la nueva advocación del PSOE se produjo por apenas un punto porcentual de diferencia, 25 a 24 frente a los democristianos de la CDU/CSU. En efecto, es la misma diferencia que existe ahora mismo en España entre los dos partidos en cabeza que no mayoritarios, según el balance de encuestas. El mapa electoral que deberá sortear Sánchez es idéntico al que ocupará el parlamento berlinés. Una llamativa coincidencia, para quienes pensaban que solo las pandemias calcaban de forma milimétrica su comportamiento en distintos países.

Sánchez ha hecho de la volatilidad, virtud. Los pactos con el PP, para renovar instituciones tan huecas como el Defensor del Pueblo, implican un gesto agónico de preservación del bipartidismo. Con Díaz y Vox en auge, se trata de emular los tiempos en que populares y socialistas superaban el ochenta por ciento de los votos. Hoy están irreconocibles por impurificados, cualquiera de los dos partidos podría haberse adelantado en la reclamación del cetro socialdemócrata.

Un partido unificado no basta para ganar elecciones, pero es un navío imprescindible para lograrlo. Sánchez fue habitado por la tentación unipersonal de Macron, hasta que comprobó que el PSOE no le servía para rescatar Murcia, y mucho menos Madrid. Por tanto, se ha dedicado a remodelar un partido desvencijado, las únicas siglas supervivientes junto al PNV. El presidente del Gobierno que militó en la cola del paro ha comprado barato. Si Adriano colocó una estatua de Antínoo en cada encrucijada de su imperio, Sánchez no ha necesitado delegar la adoración en un allegado se ha ensimismado. Y el primero en agachar la cabeza ante el nuevo semidiós se llama González.

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