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Tentación

Arnaldo Otegi ha reconocido que el dolor causado por ETA «nunca debió haberse producido» y ha expresado «de corazón» su «pesar y dolor por el sufrimiento causado» a las víctimas. Es muy posible que, para muchos, estas palabras se queden cortas. Para tantos que, sencillamente, no pueden librarse del sufrimiento. Porque la herida es demasiado profunda, porque no hay hilo capaz de zurcirla. Lo roto, roto está. Pero el reconocimiento es importante. Definitivo, en realidad. Porque es el único camino transitable hacia la reparación y la reconciliación. También porque es un aviso a navegantes. Ante la tentación de la violencia, cabe tener muy presente este final agónico y amargo. La inutilidad política de la acción y el desgarro profundo causado a la sociedad. Hablamos de muerte física y de muerte en vida, de odio calado en una convivencia imposible, de un daño que impregnará la tierra durante años, de la herencia de la culpa.

Sí, el mensaje de Arnaldo Otegi es un aviso a la tentación de la violencia. También la que no empuña pistolas, pero envenena el aire hasta hacerlo irrespirable. Hasta calarse en el alma y emponzoñar voluntades. No caben coqueteos. Ante el menor indicio, solo puede existir la condena.

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