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El fútbol es el ejemplo perfecto de la manera como las emociones controlan nuestra forma de ser. Si aplicamos la razón, perder el alma por un deporte en el que la regla esencial consiste en no tocar el balón con las manos ni los brazos en el empeño de meterlo dentro de la portería contraria parece absurdo. Pero las pasiones que mueven los clubs más conocidos del planeta, con tres o cuatro equipos españoles en la cabeza de la lista, superan incluso las filias y fobias políticas. O van de la mano de ellas porque cuesta poco entender las relaciones que se dan entre los colores de las camisetas y las banderas, con las selecciones nacionales en primera—pero no única— línea de esa identificación.

Hasta ahora al menos, porque la postmodernidad amenaza ese cauce perfecto de emociones. La gran mayoría de los clubs de fútbol que hay en España se han vuelto sociedades anónimas a las que el apellido de «deportivas» no quita ni un ápice de las exigencias de cualquier negocio. Sólo cuatro equipos, Athletic de Bilbao, Barcelona, Real Madrid y Osasuna —citados por orden de antigüedad—, han logrado mantenerse como patrimonio de sus socios. Y el paso siguiente se ha dado ya: acaba de anunciarse que el Intercity, un club de fútbol de Alicante creado con el fin de convertirlo en negocio próspero, ha anunciado cinco años después de su fundación la salida a Bolsa el próximo día 25 de este mes. Los dueños del Intercity han declarado sus propósitos, que no pretenden engañar a nadie. Cito de forma textual: que los propios aficionados puedan ser accionistas; que los jugadores puedan cobrar en acciones y ser partícipes de los éxitos; si el equipo va ganando y subiendo de categoría, las acciones valdrán más dinero. La salida a Bolsa es el paso lógico que quedaba por delante.

¿Cundirá el ejemplo? Cabe pensar que sí, sobre todo porque lo que sucede en otros países sirve de aliciente. El caso más sonado de los últimos tiempos es el de la compra del club del norte de Inglaterra Newcastle United por parte de un fondo de inversión pública de Arabia Saudita que pertenece nada menos que a la familia real y controla Mohhamad bin Salman, príncipe heredero. Se suma a los bien conocidos casos del Manchester City, del Chelsea o del PSG francés, en manos de potentados árabes o rusos.

Cuesta trabajo adivinar si las pasiones de los colores del fútbol podrán sobrevivir a ese asalto del mundo de las finanzas. Todo hace pensar que sí, habida cuenta de los precedentes de los clubs que siguen moviendo a sus hinchas aunque el consejo de administración hable en lenguas extrañas. A mí, que no me gusta ver el fútbol pero sí leer sobre él, se me saltan las lágrimas de nostalgia viendo lo que sucede. Ojalá que ni el Athletic ni los otros tres supervivientes de la liga caigan nunca en manos de accionistas. Mientras sigan ganando partidos, igual se salvan.

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