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Diario de Mallorca

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Miqui Otero

Divorcios de Netflix

Sin preguntarlo y sin beneficio en saberlo, mi amigo descubrió a qué dedica su ex su tiempo libre de sofá y mantita

Volvía de dar clase en la universidad, pensando cordilleras de pañales y artículos, mientras escuchaba una lista llamada Música clásica para aliviar el estrés. Un Preludio en Do Mayor de Bach amenizaba un pertinaz atasco en Meridiana y yo me debatía entre tocar el claxon para insultar hasta a las farolas o comprarme una colonia nueva (efecto habitual cuando escucho estas piezas). De repente, la música paró. Y entonces sonó la canción de baile favorita de mi pareja, que esos días estaba en París en viaje de trabajo.

Lo que había sucedido era sencillo: compartimos suscripción a Spotify, la plataforma para escuchar música, y en ese instante yo supe cómo se sentía sin necesidad de que habláramos. Luego me diría que volvía de una cena y que se había animado a escuchar temazos mientras paseaba de vuelta al hotel disfrutando de un momento de liberación pospandémica. Si esto hubiera sido una comedia romántica, podría haber estado escuchando nuestra canción, sí. Pero imaginemos que, ajena a mi descubrimiento, hubiera dicho en posteriores whatsaps que lo había pasado fatal en el viaje y que no había vivido ni un momento de felicidad.

Pocos días después, sucedía lo contrario. Un amigo, separado recientemente, me planteaba que cada vez que se mete en Netflix o Filmin para ver algo descubre en el historial las series y pelis que ha estado viendo su ex. Sin preguntarlo y sin beneficio en saberlo, descubre a qué dedica su tiempo libre de sofá y mantita.

La revista Slate se planteaba hace poco durante cuánto tiempo puede una expareja usar las claves de las plataformas que usaban juntos. Habrá quien diga que se deberían repartir, como se hace con los libros o las sartenes, justo al romper. Habrá quien opte por una transición de terciopelo, menos brusca.

Uso este par de anécdotas para exponer que las relaciones amorosas no son lo mismo (ni están expuestas a los mismos ritmos ni a los mismos estímulos, ni bendecidas con las mismas libertades) que hace décadas. Antes no existían estos problemas multipantalla de primer mundo, porque básicamente estabas condenado a ver Anillos de oro o el parte junto a toda la familia y en el mismo sofá alrededor de una tele totémica. O a escuchar música solo el día de las fiestas patronales.

Y, por eso, está bien que esto del amor se repiense desde el presente, como se está haciendo. Puede ser con ensayos sobre Tinder y su algoritmo cargado de ideología (es el caso de un libro de la parisina Judith Duportail), o con novelazas como Feliz final de Isaac Rosa, o con ensayos sobre nuevas formas de habitar un mundo (y una cama) juntos, como El matrimonio anarquista, de Nadal Suau y Begoña Méndez. O con un remake que actualice Secretos de un matrimonio.

Del mercado romántico, como del de la música o las series, podemos decir que la enorme oferta opera malévolamente para sabotear las relaciones largas, aunque la condena pasada a ver solo una cadena tampoco parece la alternativa deseable. Que la precariedad o la hipervelocidad, que fomentan el individualismo, pueden torpedear el desarrollo en slow motion de una pareja. Que la renuncia a otras vidas posibles, o el sometimiento a un rol abnegado, muchas veces en semiesclavitud, no eran lo mejor. Que quedarse solo en casa está bien cuando podrías elegir salir acompañado. Y seguir juntos es bonito cuando no se te impide caminar solo.

La vida en común no tiene por qué ser tan longeva como Dinastía, pero tampoco tan breve como un gif o una miniserie de la BBC. Y no hay nada rancio en celebrar unas Bodas de Oro ni nada vergonzoso en festejar, conga incluida, una separación a tiempo.

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